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Movilizados por la UNESCO, todos sus países miembros han
colaborado con Egipto en hacer posible el «renacimiento» del
que fue el punto de encuentro del conocimiento más
importante del mundo antiguo. La celebérrima Biblioteca de
Alejandría ha visto finalizada su nueva sede en el mes de
octubre, con una impresionante capacidad de medios para
volver a impulsar la cultura en el siglo XXI.
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Recientemente nos hemos visto
gratamente sorprendidos ante la noticia de la inauguración
de la nueva Biblioteca Alejandrina. Si bien no podremos
empujar las hojas de la colosal puerta de la antigua
Biblioteca para ver y sentir la atmósfera de aquellas
mitológicas salas con sus departamentos, estantes, dibujos y
relieves, sí que podremos visitar esta nueva versión.
Sabiendo que vivimos en el mundo de la tecnología y de la
información computerizada, sus constructores se han servido
ampliamente de las ventajas y facilidades para la difusión
de la cultura que posee nuestro momento histórico.

Interior de la nueva biblioteca. Foto© Juan Friedrichs |
Ante todo, quiero hacer un
reconocimiento loable al magnífico fenómeno de que tantos
países y continentes hayan dirigido sus miradas en una sola
dirección: la de hacer historia, siendo conscientes de
querer ser lo más veraces posible al actuar como herederos y
continuadores de una de las grandes maravillas del mundo
antiguo. De hecho, si ojeamos un poco la historia, vemos
claramente que lo que traspasó la bruma de los tiempos fue
la creación de obras pensadas para la evolución de las
naciones y los pueblos. La cultura, el tener presentes las
tradiciones, conocer el origen de todo lo que existe y
cultivar los verdaderos valores del hombre, siempre han sido
pilares firmes y válidos. Si bien estas obras que
deslumbraron al mundo desaparecieron, dejaron una semilla
preparada para germinar en un momento y lugar apropiados.
Esto es lo que ocurrió al final del siglo pasado y comienzo
del presente: después de más de mil seiscientos años de la
desaparición de aquella gran Biblioteca, esta semilla se ha
manifestado en un nuevo recinto que habrá de llenarse de
libros, investigadores y Sabiduría, gracias al esfuerzo de
pueblos como Egipto, los Países Árabes y la UNESCO.
Hagamos un breve repaso de aquel
modelo original, cuya inspiración ha llegado hasta nuestros
días. La ciudad de Alejandría fue fundada por Alejandro
Magno en el año 331 a. C. Al impulsar el respeto por otras
culturas y una búsqueda sin prejuicios del conocimiento,
hizo florecer el intercambio cultural. Siguiendo en
importancia a Roma, confluían en ella gentes de todas partes
y era la estación principal de comercio con Oriente. Allí
pudo haber nacido el significado de la palabra «cosmopolita»
o ciudadano del cosmos, pues albergaba a ciudadanos
egipcios, marineros fenicios, soldados macedonios,
mercaderes judíos, visitantes de La India y de África...
todos en armonía y respeto mutuo durante su época de mayor
esplendor. Frente a la ciudad se extendía la isla de Pharos,
unida por un dique de 1.290 m, en cuya extremidad oriental
se levantaba el famoso faro construido por los primeros
reyes Ptolomeos en el siglo III a. C.; tenía 160 m de altura
y su luz era visible para los navegantes desde 50 ó 60 km de
distancia. La mayoría de los edificios públicos se
levantaron frente al gran puerto, en la parte denominada «la
ciudad real», que más tarde se llamó el Brucheion.
Homenaje a Alejandro Magno en el exterior de la biblioteca. Foto© Juan
Friedrichs
La antigua Biblioteca fue diseñada
por el general de Alejandro Magno y fundador de la dinastía
ptolemaica, Ptolomeo I Soter, en el 306 a. C. Ayudado por el
ateniense Demetrio de Falea, hizo los trabajos
preparatorios, planos, etc. del grandioso establecimiento de
cultura que se denominó Museion. Pero a su hijo, Tolomeo II
Filadelfo, se debe la gloria de haber llevado a término el
proyecto de su padre, edificando el Museion, habilitando la
Biblioteca, activando la compra de textos y volúmenes y
dándole una completa organización.
Formado por la Biblioteca y la
Universidad de Alejandría, el Museion estaba dedicado al
estudio, a la enseñanza y a la investigación; constaba de
aulas para lecciones, instrumentos astronómicos, salas de
disección, jardines botánicos y zoológicos. Cuenta el
geógrafo Estrabón, que lo visitó a finales del siglo I a.
C.: «Encierra un paseo, una exedra y una sala en la que se
celebran las comidas en común de los filólogos empleados en
el Museo. Existen fondos comunes para el sostenimiento de la
colectividad, y un sacerdote, puesto en otros tiempos por
los reyes y hoy por el César, al frente del Museo». La
Biblioteca estaba emplazada en el último patio del Museion;
tenía muchas y espaciosas salas para los amanuenses (los que
copiaban a mano obras de otros) y artistas, a cuyo cargo
estaba la preparación de los códices, la formación de los
rollos, el dorado y todo lo concerniente a la
encuadernación.

El dios egipcio Thot en forma de Ibis, patrono del conocimiento, los libros
sagrados y las bibliotecas.
Foto© Juan Friedrichs
Muchos de los tesoros literarios
que han llegado a nuestras manos, los debemos al trabajo de
compilación y clasificación que realizaron aquellos
bibliotecarios en la época de Ptolomeo Filadelfo, entre los
que destacan Alejandro de Etolia, Licóroro y Zanodoto, que
ordenaron las producciones del teatro griego y los cantos de
Homero y otros poetas. Algunos de los bibliotecarios que
tomaron más parte activa en el trabajo de clasificación y
catalogación de aquellos tesoros literarios fueron Calímaco
de Cirene y Aristófanes de Bizancio. Calímaco de Cirene
primero escribía el syllgbos (tira de pergamino pegada en el
exterior de cada rollo), el nombre del autor, el título o
títulos de las obras y llegaba hasta hacer constar el número
de líneas de las que se componía. Incansable en su actividad
pinacográfica, añadía a cada uno de los nombres de los
autores una pequeña biografía. Con estos trabajos, Calímaco
se ganó la corona de la gloria que le habrían de otorgar las
futuras edades como creador y fundador de la historia de la
literatura y de la ciencia bibliotecaria.
Los Ptolomeos, conscientes del
destino histórico y glorioso que querían dar a la
institución, dedicaron gran parte de su riqueza a la
adquisición de libros de Grecia, África, Persia, La India y
otras partes del mundo. Para ello pusieron en práctica una
estrategia por la que cada barco que pasaba por Alejandría
estaba obligado a dejar en ella los manuscritos que poseía,
de los que luego hacían llegar copias a sus antiguos dueños
o bien les pagaban su peso en oro, de donde surge el refrán.
Como fruto de todo esto, la Biblioteca llegó a hacer acopio
en sus estanterías de hasta 700.000 rollos.
La belleza del edificio era tal,
que Tito Livio lo describía como «el más bello de los
monumentos», y los romanos, tan acostumbrados al lujo, se
asombraban al contemplarla. Pero la mayor de las gracias por
la que se ha valido la admiración a través de los tiempos,
es que fue un auténtico instituto de investigación. En ella
se hicieron los cálculos para la estructura del faro, el
edificio más alto del planeta en su tiempo; allí los
eruditos estudiaban el cosmos, además de Física, Literatura,
Medicina, Astronomía, Geografía, Filosofía, Matemáticas,
Biología e Ingeniería. Entre sus paredes, Eratóstenes
(bibliotecario en jefe después de Calímaco) calculó el
diámetro de la tierra, la cartografió y afirmó que se podía
llegar a La India navegando hacia el Oeste desde España;
Aristarco de Samos calculó la distancia de la Tierra a la
Luna y la precisión de los equinoccios, planteando que
nuestro planeta rotaba alrededor del Sol; Euclides
desarrolló la geometría, Arquímides inventó la bomba de
agua. El médico más célebre de la época, Herófilo de
Calcedonia demostró los síntomas de muchas enfermedades
observando su curso clínico; escribió tratados de
obstetricia, cirugía y ginecología y dio explicación
mecánica a la función respiratoria (como curiosidad,
mencionaremos que el seno occipital todavía lleva su
nombre).

Reconstrucción de la Biblioteca de Alejandría.
Pero su cercanía al mar no sólo
fue un factor que impulsó su desarrollo, sino también su
desaparición. En el año 47 a. C. la mítica Biblioteca ardió
por accidente como consecuencia de una acción militar de
Julio César, en la que mandó incendiar más de 60 barcos
anclados en el puerto. El incendio se propagó rápidamente a
los muelles y de estos a la ciudad real y a los depósitos de
la Biblioteca: «Las casas vecinas a los muelles prendieron
fuego; el viento contribuyó al desastre; las llamas eran
lanzadas por el viento furioso como meteoros sobre los
tejados». El resultado fue que se perdieron muchos
volúmenes. Pero Alejandría tuvo que sufrir diversas
conquistas y desastres antes de ver desaparecer
definitivamente su Biblioteca, a causa del fanatismo
religioso que llevó a Europa a sumirse en una Edad Media.
Otros atribuyeron el desastre a los sarracenos bajo las
órdenes del califa Omar. Se dice que un gramático pidió que
se le cediera la Biblioteca, a lo que Omar respondió: «Si
esos escritos están conformes con el Corán, son inútiles, y
si ocurre lo contrario, no deben tolerarse».
Hoy, mil seiscientos años después, las olas
del mar han vuelto a reflejar en sus aguas la grandiosidad
de un símbolo casi mítico de la antigüedad. La nueva
Biblioteca Alejandrina es el resultado de un proyecto que
comenzó en 1990, en una histórica reunión en la que los
países miembros de la UNESCO firmaron la Declaración de Assuán para el Renacimiento de la Antigua Biblioteca de
Alejandría. Teniendo como promotores de su reconstrucción a
los escritores y Premios Nóbel Octavio Paz y Naguib Mahfuz,
la idea empezó a tomar forma. La UNESCO hizo un llamamiento
internacional, y posteriormente, junto con la Unión
Internacional de Arquitectos (UIA) y el Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), organizó un
concurso para elegir el diseño arquitectónico. El ganador
fue el presentado por la agencia noruega Snohetta, escogida
entre 1.400 proyectos de 77 países.
Coincidiendo con el sentido
profundo de la misión de la UNESCO, de promover el
desarrollo y el acceso al conocimiento para la comprensión
mutua y la afirmación de la identidad cultural, la
diversidad y el diálogo entre civilizaciones, la Biblioteca
de Alejandría se convertirá en un dinámico centro educativo
donde florezca la comprensión intercultural.

Dependencias de la biblioteca. Foto© Juan Friedrichs
La Biblioteca Alejandrina es una
pieza arquitectónica excepcional; las obras, que han durado
7 años, han sido llevadas a cabo bajo la dirección del
ingeniero egipcio Mamdouh Hamza, quien supo sortear el reto
de descender 18 m por debajo del nivel del mar. Estética y
llamativa al mismo tiempo, destaca por su arquitectura y
funcionalidad, ya que utiliza las tecnologías de información
más actualizadas y está conectada con los más importantes
centros de educación del mundo. Ha costado casi 230 millones
de dólares, de los cuales casi 100 corresponden a donaciones
externas, mientras que el resto lo aportó el gobierno
egipcio. Con un área total de 45.000 m2, el diseño
representa el disco solar egipcio mirando hacia el mar y
parcialmente sumergido en una cama de agua, como evocando el
amanecer de un nuevo día. El edificio principal es como un
cilindro largo de una altura de 160 m, con la tapa truncada
en ángulo. Se trata de la sala de lectura, que destaca por
sí sola en el conjunto del edificio, pues ocupa toda su
parte central; un espacio abierto de 70.000 m2 (equivalentes
a dos campos de fútbol), repartidos en 11 niveles, de los
cuales 4 están por debajo del suelo. Tiene una capacidad
para 2.000 personas, y según unas hermosas palabras de
Ismail Sarageldin, director de la Biblioteca: «No sólo es la
más grande del mundo, sino la más bella. La suave luz
natural que llega directamente a todos los lugares y el
elevado techo levantado sobre columnas, crean un ambiente
estimulante; es una catedral del saber». El edificio está
rodeado por un gran muro en forma de media luna, construido
con granito de Assuán y esculpido con las caligrafías de los
alfabetos de los distintos pueblos del mundo, 120 en total.
También figura una estatua de 5 m de altura que representa
al faraón Ptolomeo II, quien concluyó las obras de la
primera Biblioteca. El complejo consta de:
- Un centro de conferencias con 3.200
asientos.
- Un planetario.
- Cinco institutos de investigación,
entre los que se hallan una Escuela Internacional de
Estudios sobre Ciencias de Información (ISIS), otra de
Caligrafía y un Laboratorio para la Restauración de
Manuscritos raros.
- Un centro de Internet.
- Tres Museos: de Manuscritos, de
Caligrafía y de Ciencia.
- La biblioteca Taha Hussein para los
ciegos, con libros electrónicos y en braile.
- Una biblioteca para la juventud.
- Cuatro galerías de arte.
El equipamiento de la Biblioteca
no es de menos importancia, pues al abrir sus puertas ya
disponía de:
- 240.000 libros, aunque su capacidad
es para 8 millones de volúmenes.
- 500 ordenadores disponibles al
público para consultar el catálogo de la Biblioteca y
acceder a los sitios de Internet de los principales centros
de enseñanza del mundo.
- 50.000 mapas y 100.000 manuscritos.
- 10.000 libros clasificados como
«rarezas» o incunables.
- 200.000 CD y cintas; 50.000 vídeos;
100 CD-ROM.

Foto© Juan Friedrichs
Francia ha colaborado en el
desarrollo de un catálogo informatizado, Japón ha donado los
equipos audiovisuales, Italia el laboratorio para la
restauración de manuscritos y Alemania los equipos para el
transporte de documentos. El director de la Biblioteca ha
puesto en marcha un programa de digitalización de incunables
y manuscritos. Unos 10.000 de ellos y otros libros de la
rica colección ya han pasado por este mágico proceso. Como
en una película de ciencia ficción, basta con desplazar los
dedos por la pantalla de un ordenador para dar vuelta a las
páginas de la copia electrónica de un antiguo manuscrito del
Corán, por ejemplo. De esta manera se pueden preservar
documentos de un valor inestimable, y al mismo tiempo,
ponerlos a disposición del público en general.
El espacio de la Biblioteca no
sólo estará dedicado a la consulta, sino que también se
impartirán cátedras, conferencias, seminarios, exposiciones
y todo tipo de actividades que impulsen el desarrollo
cultural del presente y de las épocas venideras. Como algo
muy interesante para los amantes de la arqueología, podremos
contemplar en un futuro no muy lejano y de forma permanente,
la colección de piezas de arqueología submarina hallados en
la zona de Alejandría y Aboukir en los últimos años.

En un mundo donde se nos bombardea
en todo momento con cosas superficiales, entretenimientos
baratos y ocios programados, nos toca tomar un papel activo
para poder valorar aquello que, más que interesante, es una
obra pensada para un tiempo venidero. De lo que hagamos en
el momento presente, depende lo que venga. Si bien echamos
de menos que en los medios de comunicación no se nos haya
hablado un poco más de este acontecimiento cultural, lo que
está muy claro es que esta Biblioteca se ha planteado
reunir lo que estaba separado, acercar al público lo que
parecía imposible hasta ahora, gracias al acuerdo de grandes
organismos y países y al fruto de la ciencia y de la
técnica. Curiosamente es una intención común a los pueblos
de la antigüedad que vivieron épocas de gloria y bonanza, de
reunir lo válido y lo verdadero para cualquier hombre, sea
de la religión que sea y del lugar que le haya tocado nacer.
Enhorabuena a todos aquellos que pensaron por primera vez en
este sueño, y que no tuvieron miedo a emprender esta larga
pero hermosa obra, porque gracias a ellos, hoy podemos verla
hecha realidad.
Elvira Rey |