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El
estudio del Antiguo Egipto nos sumerge en un mundo
paradójico y fascinante, cuyo poderoso hechizo sigue
despertando el interés, tanto del especialista como del
simple profano en la materia. A medida que nos adentramos en
el estudio de su pensamiento religioso, sus profundos
conocimientos, sus concepciones artísticas, sus
sorprendentes habilidades técnicas, su sabiduría moral, su
avanzado sistema jurídico y la admirable estructura
sociopolítica del Estado faraónico, nos vamos dando cuenta
que, al igual que las múltiples caras de la pirámide, todos
los ámbitos de la civilización egipcia reflejan una misma
orientación ontológica hacia el plano de las realidades
perennes o divinas. Esta característica singular ha hecho
que algunos egiptólogos generalicen la cuestión afirmando
que «todo en Egipto es religión», lo cual es una verdad sólo
a medias, pues no se trata de religión en el sentido que le
damos a esa palabra hoy en día, sino que en relación a
Egipto habría que emplear el término latino «re-ligare» en
su más amplio significado etimológico. Entonces podríamos
decir que «todo en Egipto posee un vínculo trascendente con
lo divino», un vínculo que se renueva continuamente a través
de sus rituales mágicos y cotidianos, sus fiestas sagradas,
sus ceremonias periódicas de regeneración e incluso de sus
tareas diarias, religando al hombre una y otra vez con
aquellos principios cósmicos que hacen posible la generación
y regeneración de la vida en todos los planos de la
Creación.
Este sentido de
renovación periódica, que reunifica al hombre con la divina
fuente original de la existencia, es precisamente lo que
fundamenta en el pensamiento egipcio el sentimiento de «lo
sagrado», pues todo aquello que aproxima al hombre hacia
dicha fuente primordial, otorgando a su vida valor, sentido
y trascendencia, es «sagrado»; mientras que todo aquello que
lo aleja de ella, precipitando su vida y su mundo hacia el
desgaste, la aniquilación y la nada, es «lo profano». Por
ello, como muy bien explica el historiador de las religiones
Mircea Eliade: «El hombre de las sociedades tradicionales
tiene tendencia a vivir lo más posible en lo sagrado. Esta
tendencia es comprensible, pues lo sagrado equivale a la
potencia y, en definitiva, a la realidad por excelencia. Lo
sagrado está saturado de ser. Potencia sagrada quiere decir
a la vez realidad, perennidad y eficacia. La oposición
sacro-profano se traduce a menudo como una oposición entre
real e irreal. Es pues natural, que el hombre religioso
desee profundamente ser, participar en la realidad,
saturarse de poder». No cabe duda que esta necesidad de
vivir en un «mundo sagrado», es decir, real, fuerte y
significativo, es lo que dimensiona la vida del hombre
egipcio, y también su muerte y su preexistencia en el Más
Allá. Es por eso que para ellos, Egipto, el país al cual
ellos llamaban «Ta-meri», que significa «la Tierra
Amada», no era tan sólo un espacio geográfico, sino el
espacio sagrado por excelencia, la tierra sagrada bendecida
por la presencia de los Dioses, en cuya compañía ellos
deseaban vivir y también morir, a fin de poder continuar
existiendo eficazmente en el mundo divino del Más Allá. Por
eso ningún egipcio quería ser enterrado fuera de las
fronteras de Egipto, pues para su mentalidad eso suponía
morir en un espacio profano, habitado por las terribles
fuerzas disolventes del Caos, cuyo poder de aniquilación
precipitarían su alma o «Ba», en los tenebrosos
abismos de la nada; pues, como dice Hornung: «En este
abismo sin fondo viven también los enemigos de los Dioses».
Es evidente entonces que para poder vivir un tiempo sagrado
hace falta habitar en un espacio sagrado. Espacio sagrado y
tiempo sagrado, constituyen así los dos ejes fundamentales
que orientan la vida del hombre egipcio en todas sus
facetas.
La sacralización del
tiempo se realizaba reintegrando el tiempo a su estado
original, volviendo a revivir aquel instante inicial de la
Creación... in illo tempore, cuando el mundo, recién
surgido de las manos del Demiurgo creador, aún no había
sufrido el desgaste y la descomposición que genera el tiempo
profano, y todos los seres y las cosas se hallaban todavía
en estado de integridad y pureza, exentos de toda
corrupción. El Mito Cosmogónico de la Creación es siempre un
relato ejemplar y significativo, que nos desvela el misterio
de cómo el mundo ha venido a la existencia gracias a la
acción de los seres y fuerzas sobrenaturales, ya que antes
de eso, nada estaba hecho y nada existía todavía. Por tanto,
ese tiempo primordial o tiempo mítico al que alude el Mito
de la Creación, es el tiempo primordial de los comienzos; un
tiempo real, fuerte y significativo, cargado del poder
sobrenatural de los Dioses cosmogónicos, es decir, de
aquellas potencias cósmicas que habían hecho el mundo tal y
como era en sus comienzos. De esta forma, al conmemorar el
Mito de la Creación, los hombres se volvían contemporáneos
de los Dioses, haciendo que se manifestasen en el presente
aquellas mismas fuerzas sobrenaturales que habían hecho que
las cosas vinieran por primera vez a la existencia. El
tiempo sagrado, es pues, un tiempo mágico de regeneración,
un tiempo de eterno retorno hacia la divina fuente original
de la existencia, que transforma la vida del hombre egipcio
en un eterno presente, permitiéndole reintegrar su mundo a
un estado original de plenitud y pureza. Así es cómo los
antiguos egipcios derrotaban una y otra vez a las fuerzas
del caos, simbolizadas por la serpiente Apofis, saliendo
triunfantes en su eterno combate contra el desgaste, la
descomposición y la muerte, que impone el tiempo profano a
todos los seres vivos. Y ésta era, precisamente, la función
que cumplían los rituales mágicos de regeneración y las
periódicas fiestas sagradas que ritmaban el calendario
religioso del Antiguo Egipto.
Curiosamente, éste es
también el sentido original de muchas de nuestras fiestas,
tales como aniversarios, conmemoraciones, bodas de plata,
etc. Pues aún hoy, cuando nuestra moderna sociedad
occidental ha desacralizado por completo casi todos los
ámbitos de la existencia ¿qué mejor forma tenemos de renovar
cualquier aspecto de nuestra vida, tal como un sentimiento
de amor o amistad, un compromiso sagrado, una vocación, un
sueño, una esperanza o una profunda relación afectiva, sino
volviendo al principio original? Pues más allá del poder
evocador de la memoria, al conmemorar un acontecimiento,
nuestra conciencia vuelve a revivir aquel primer instante
mágico en el que ello ocurrió, entrando en contacto con las
mismas fuerzas y motivaciones que lo hicieron posible
entonces. Por eso, cuando vemos que algo muy valioso en
nuestras vidas se ha ido deteriorando paulatinamente,
alejándose de su finalidad original; cuando sentimos que tal
vez hemos perdido el rumbo, o que una relación afectiva se
está estropeando a causa del desgaste cotidiano ¿quién no ha
dicho entonces?: «¡Lo pasado, pasado está! ¡Borrón y cuenta
nueva! ¡Volvamos a empezar de nuevo!» Este sentido de
«volver a empezar», que permite al hombre regenerar su
existencia, aboliendo los errores y faltas del pasado para
reinstaurar un tiempo nuevo, es precisamente lo que
periodizaba el calendario sagrado del Antiguo Egipto. Por
eso la fiesta del Año Nuevo, que coincidía con el primer día
de la crecida del Nilo (Hapy), cuyas aguas traían de nuevo
la fertilidad y la abundancia, reproducía aquel instante
inicial de la Creación, cuando, de las aguas primordiales
del Nun, surgió la vida por primera vez gracias a la acción
del Demiurgo creador. Y así, al revivir el Mito de la
Creación en la fiesta del Año Nuevo, los egipcios hacían que
su mundo volviera a ser de nuevo como había sido en un
principio, sintiéndose eternamente jóvenes y eternamente
renovados. Podemos afirmar entonces que, para la mentalidad
sagrada del Antiguo Egipto, recrear un acontecimiento
significa hacer que algo vuelva a ser de nuevo, y éste es,
sin duda alguna, el fundamento esencial de todas las fiestas
y ritos de renovación que permitían al egipcio vivir
periódicamente un tiempo sagrado.
Por otro lado, al igual
que la sacralización del tiempo conforma el Calendario
Sagrado, la sacralización del espacio da lugar a la
Geografía Sagrada. Como ya vimos antes, el egipcio no
concibe vivir en un mundo informe, caótico e indiferenciado,
y es precisamente esta aversión al «Caos» y al «no ser», la
que le impulsa también a orientar su espacio vital, para que
puedan manifestarse en él la «Vida» y el «Orden Cósmico»,
manteniendo así alejadas a las fuerzas del caos, más allá de
las fronteras de Egipto. Pues como bien señala E. Hornung:
«Cualquiera que viola los límites establecidos del orden,
se aleja del ser y cae, si persiste en esta violación, al
abismo del no-ser».
Vida y Orden son dos ideas estrechamente relacionadas en la
cosmovisión egipcia, pues según el Mito de la Creación, lo
primero que hizo el Demiurgo solar (Atum-Ra) al iniciar la
Creación, fue insuflar en ella su propio aliento vital
(Shu), y establecer los principios del orden cósmico (Maat),
para evitar que el Universo recién formado retornase al
Caos, disolviéndose de nuevo en las aguas primordiales del
Nun. Por eso, en el Himno a Ra del capítulo XV del Libro de
los muertos, se dice: «¡Oh tú, Señor de la Vida y del
Orden de los Mundos! ¡Gloria a ti, oh Ra! El Orden y el
Equilibrio de los Mundos de ti emanan». Shu y Maat son
pues hermanos gemelos, y constituyen la primera pareja de
Dioses primordiales engendrada por el Demiurgo, cuya unión
dará lugar a todos los demás principios duales que rigen la
Armonía Cósmica. Por eso, en los Textos de los Sarcófagos
vemos que el Demiurgo declara: «Yo soy la eternidad, el
creador de las multitudes. Yo existiré con mis hijos. Vida
es el nombre de él. Orden el de ella. Vida permanecerá con
mi hija Orden, uno dentro de mí, la otra fuera de mí».
Inseparables, y a la vez complementarios, Vida y Orden son
los dos principios inherentes a la naturaleza misma de la
existencia, cuya mutua interacción dinámica permite
establecer el arquetipo de la Armonía Universal, ese «Divino
Orden Celeste» cuajado de estrellas y constelaciones que los
egipcios representaban en los techos de las capillas de sus
tumbas y santuarios. Por eso, para poder sacralizar el
espacio, los antiguos egipcios orientaban su Geografía
Terrestre en función de la divina Geografía Celeste; y de
esta forma, al convertir la Tierra en un espejo del Cielo,
establecían una eficaz relación de correspondencia entre el
microcosmos humano y el macrocosmos divino, haciendo posible
que aquellos mismos principios y energías que rigen el Orden
y la Armonía en el Universo, se proyectaran con especial
intensidad en su propio espacio vital, transformándolo así
en un espacio sagrado o microcosmos, a imagen y semejanza
del gran macrocosmos, o como se diría hoy en el lenguaje de
la nueva Física: en un «Holograma del Universo». Por eso, en
los Libros de Hermes, vemos que el Dios Thot le dice a su
discípulo Esculapio: «¿Ignoras tú ¡oh Esculapio! que
Egipto es la imagen del cielo y que es la proyección, aquí
abajo, del orden que reina en el mundo celeste? Pues a decir
verdad, nuestra tierra es el centro del mundo». Esta Ley
Holística de Correspondencia que configura el Egipto
terrestre en función de un Egipto celeste, constituye el
principio activo de toda Magia ritual o Magia simpaetica,
que actúa eficazmente a través de los diversos ritos y
ceremonias de consagración, tanto si se trata de cosmizar el
espacio geográfico como de fundar un templo o una ciudad;
mientras que la idea del «Centro del Mundo» señala el eje
cosmotelúrico que permite orientar el espacio y trazar el
plano arquitectónico de los templos. El Centro del Mundo es
«el lugar de la Creación», el punto de origen del espacio y
el tiempo, desde el cual el Demiurgo organizó el Universo
ritmando las doce horas del día y de la noche, y
diferenciando las seis direcciones del espacio, cuatro
horizontales y dos verticales: de la Tierra al Cielo y del
Cielo a la Tierra. Es la Colina Primordial de la Creación,
representada a nivel geográfico por la Pirámide, y a nivel
arquitectónico por la Piedra Sagrada o Altar del Sancta-Sanctorum
de los templos, que sostenía «la estatua viva del Dios». Así
pues, este Centro cosmogónico representa el arquetipo de
todo Espacio Sagrado, tanto geográfico como arquitectónico.
Es el punto de unión entre el Cielo y la Tierra, el Eje de
orientación o Axis Mundi, que permite a los hombres
elevarse al Mundo Divino, y a los Dioses manifestarse en el
Mundo Humano, convirtiendo así el país egipcio en una
Hierofanía, es decir, en una Geografía Sagrada.
Esta sed ontológica de
vivir lo sagrado, que despierta en el hombre egipcio la
necesidad de recrear en la tierra un Orden Celeste, para
poder ritmar así su existencia en concordancia con los
divinos principios que rigen la Armonía Cósmica, es lo que
convierte a la arquitectura, a la pintura o a la escultura
egipcia en un Arte al servicio de la Eternidad, pues como
dice François Daumas «Para el egipcio, es lo divino o lo
eterno lo que constituye la medida de todas las cosas».
Esta medida de todas las cosas, que fija la regla
fundamental de toda proporción, de todo equilibrio y de toda
armonía en los diversos niveles de la existencia, se
representaba, como ya hemos visto, a través de la diosa Maat.
Maat es pues un concepto altamente metafísico, que establece
el canon fundamental que regula tanto la armonía cósmica o
el equilibrio social, como el orden moral en el individuo.
Por eso, como muy bien explica Henri Frankfort: «Maat se
trata de un concepto que pertenece tanto a la cosmología
como a la ética. Es la justicia en tanto que orden divino de
la sociedad, pero también el orden divino de la Naturaleza
establecido en tiempos de la Creación».
El símbolo más acabado para representar esta mentalidad
sagrada, que permitía al egipcio trascender el plano de las
realidades efímeras para sentirse plenamente identificado
con el divino principio de la Creación, lo tenemos sin duda
alguna en la Pirámide: siempre en contacto con el cielo, el
vértice superior simboliza el principio generatriz del
cosmos, cuya proyección en el plano de la manifestación
objetiva o mundo terrestre, delimita el cuadrado de la base,
perfectamente orientado hacia los cuatro puntos cardinales,
de forma que las cuatro caras triangulares con sus
respectivos vértices apuntando hacia el mundo celeste,
constituyen las cuatro facetas fundamentales de la sociedad
egipcia: la religión, la política, la ciencia y el arte;
cuatro vertientes distintas, pero a la vez complementarias,
de una misma realidad civilizatoria cuya proyección
ascensional permite a la conciencia humana elevarse hacia el
mundo de las realidades celestes o divinas, simbolizadas por
el vértice superior del piramidón, síntesis unificada del
bien, la justicia, la verdad y la belleza, que son atributos
inherentes de Maat, «el Orden Cósmico plasmado en la
tierra».
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Rayo de Sol
petrificado, la pirámide simboliza el divino
principio de la creación, y también el Maat, el
orden cósmico manifestado en la tierra. |
Así pues, la concepción de un «Orden Cósmico
inmanente», es un elevado principio filosófico que ellos
supieron representar magistralmente a través de la Diosa Maat, y constituye, sin duda alguna, la piedra angular del
pensamiento egipcio, ya que Maat es el arquetipo por
excelencia de lo sagrado, que orientaba la existencia de los
antiguos egipcios hacia los divinos Principios que rigen la
Armonía del Universo.
E. Hornung. El Uno y los Múltiples.
Ed. Trotta
François Daumas. La Civilización del Egipto
Faraónico. Ed. Óptima.
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