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Egipto : lo sagrado y lo profano

Una nueva visión antropológica

 

Francis. J. Vilar

 

Publicado en El Mundo de Sophia 19

 

          El estudio del Antiguo Egipto nos sumerge en un mundo paradójico y fascinante, cuyo poderoso hechizo sigue despertando el interés, tanto del especialista como del simple profano en la materia. A medida que nos adentramos en el estudio de su pensamiento religioso, sus profundos conocimientos, sus concepciones artísticas, sus sorprendentes habilidades técnicas, su sabiduría moral, su avanzado sistema jurídico y la admirable estructura sociopolítica del Estado faraónico, nos vamos dando cuenta que, al igual que las múltiples caras de la pirámide, todos los ámbitos de la civilización egipcia reflejan una misma orientación ontológica hacia el plano de las realidades perennes o divinas. Esta característica singular ha hecho que algunos egiptólogos generalicen la cuestión afirmando que «todo en Egipto es religión», lo cual es una verdad sólo a medias, pues no se trata de religión en el sentido que le damos a esa palabra hoy en día, sino que en relación a Egipto habría que emplear el término latino «re-ligare» en su más amplio significado etimológico. Entonces podríamos decir que «todo en Egipto posee un vínculo trascendente con lo divino», un vínculo que se renueva continuamente a través de sus rituales mágicos y cotidianos, sus fiestas sagradas, sus ceremonias periódicas de regeneración e incluso de sus tareas diarias, religando al hombre una y otra vez con aquellos principios cósmicos que hacen posible la generación y regeneración de la vida en todos los planos de la Creación.

Este sentido de renovación periódica, que reunifica al hombre con la divina fuente original de la existencia, es precisamente lo que fundamenta en el pensamiento egipcio el sentimiento de «lo sagrado», pues todo aquello que aproxima al hombre hacia dicha fuente primordial, otorgando a su vida valor, sentido y trascendencia, es «sagrado»; mientras que todo aquello que lo aleja de ella, precipitando su vida y su mundo hacia el desgaste, la aniquilación y la nada, es «lo profano». Por ello, como muy bien explica el historiador de las religiones Mircea Eliade: «El hombre de las sociedades tradicionales tiene tendencia a vivir lo más posible en lo sagrado. Esta tendencia es comprensible, pues lo sagrado equivale a la potencia y, en definitiva, a la realidad por excelencia. Lo sagrado está saturado de ser. Potencia sagrada quiere decir a la vez realidad, perennidad y eficacia. La oposición sacro-profano se traduce a menudo como una oposición entre real e irreal. Es pues natural, que el hombre religioso desee profundamente ser, participar en la realidad, saturarse de poder». No cabe duda que esta necesidad de vivir en un «mundo sagrado», es decir, real, fuerte y significativo, es lo que dimensiona la vida del hombre egipcio, y también su muerte y su preexistencia en el Más Allá. Es por eso que para ellos, Egipto, el país al cual ellos llamaban «Ta-meri», que significa «la Tierra Amada», no era tan sólo un espacio geográfico, sino el espacio sagrado por excelencia, la tierra sagrada bendecida por la presencia de los Dioses, en cuya compañía ellos deseaban vivir y también morir, a fin de poder continuar existiendo eficazmente en el mundo divino del Más Allá. Por eso ningún egipcio quería ser enterrado fuera de las fronteras de Egipto, pues para su mentalidad eso suponía morir en un espacio profano, habitado por las terribles fuerzas disolventes del Caos, cuyo poder de aniquilación precipitarían su alma o «Ba», en los tenebrosos abismos de la nada; pues, como dice Hornung: «En este abismo sin fondo viven también los enemigos de los Dioses»[1]. Es evidente entonces que para poder vivir un tiempo sagrado hace falta habitar en un espacio sagrado. Espacio sagrado y tiempo sagrado, constituyen así los dos ejes fundamentales que orientan la vida del hombre egipcio en todas sus facetas.

La sacralización del tiempo se realizaba reintegrando el tiempo a su estado original, volviendo a revivir aquel instante inicial de la Creación... in illo tempore, cuando el mundo, recién surgido de las manos del Demiurgo creador, aún no había sufrido el desgaste y la descomposición que genera el tiempo profano, y todos los seres y las cosas se hallaban todavía en estado de integridad y pureza, exentos de toda corrupción. El Mito Cosmogónico de la Creación es siempre un relato ejemplar y significativo, que nos desvela el misterio de cómo el mundo ha venido a la existencia gracias a la acción de los seres y fuerzas sobrenaturales, ya que antes de eso, nada estaba hecho y nada existía todavía. Por tanto, ese tiempo primordial o tiempo mítico al que alude el Mito de la Creación, es el tiempo primordial de los comienzos; un tiempo real, fuerte y significativo, cargado del poder sobrenatural de los Dioses cosmogónicos, es decir, de aquellas potencias cósmicas que habían hecho el mundo tal y como era en sus comienzos. De esta forma, al conmemorar el Mito de la Creación, los hombres se volvían contemporáneos de los Dioses, haciendo que se manifestasen en el presente aquellas mismas fuerzas sobrenaturales que habían hecho que las cosas vinieran por primera vez a la existencia. El tiempo sagrado, es pues, un tiempo mágico de regeneración, un tiempo de eterno retorno hacia la divina fuente original de la existencia, que transforma la vida del hombre egipcio en un eterno presente, permitiéndole reintegrar su mundo a un estado original de plenitud y pureza. Así es cómo los antiguos egipcios derrotaban una y otra vez a las fuerzas del caos, simbolizadas por la serpiente Apofis, saliendo triunfantes en su eterno combate contra el desgaste, la descomposición y la muerte, que impone el tiempo profano a todos los seres vivos. Y ésta era, precisamente, la función que cumplían los rituales mágicos de regeneración y las periódicas fiestas sagradas que ritmaban el calendario religioso del Antiguo Egipto.

Curiosamente, éste es también el sentido original de muchas de nuestras fiestas, tales como aniversarios, conmemoraciones, bodas de plata, etc. Pues aún hoy, cuando nuestra moderna sociedad occidental ha desacralizado por completo casi todos los ámbitos de la existencia ¿qué mejor forma tenemos de renovar cualquier aspecto de nuestra vida, tal como un sentimiento de amor o amistad, un compromiso sagrado, una vocación, un sueño, una esperanza o una profunda relación afectiva, sino volviendo al principio original? Pues más allá del poder evocador de la memoria, al conmemorar un acontecimiento, nuestra conciencia vuelve a revivir aquel primer instante mágico en el que ello ocurrió, entrando en contacto con las mismas fuerzas y motivaciones que lo hicieron posible entonces. Por eso, cuando vemos que algo muy valioso en nuestras vidas se ha ido deteriorando paulatinamente, alejándose de su finalidad original; cuando sentimos que tal vez hemos perdido el rumbo, o que una relación afectiva se está estropeando a causa del desgaste cotidiano ¿quién no ha dicho entonces?: «¡Lo pasado, pasado está! ¡Borrón y cuenta nueva! ¡Volvamos a empezar de nuevo!» Este sentido de «volver a empezar», que permite al hombre regenerar su existencia, aboliendo los errores y faltas del pasado para reinstaurar un tiempo nuevo, es precisamente lo que periodizaba el calendario sagrado del Antiguo Egipto. Por eso la fiesta del Año Nuevo, que coincidía con el primer día de la crecida del Nilo (Hapy), cuyas aguas traían de nuevo la fertilidad y la abundancia, reproducía aquel instante inicial de la Creación, cuando, de las aguas primordiales del Nun, surgió la vida por primera vez gracias a la acción del Demiurgo creador. Y así, al revivir el Mito de la Creación en la fiesta del Año Nuevo, los egipcios hacían que su mundo volviera a ser de nuevo como había sido en un principio, sintiéndose  eternamente jóvenes y eternamente renovados. Podemos afirmar entonces que, para la mentalidad sagrada del Antiguo Egipto, recrear un acontecimiento significa hacer que algo vuelva a ser de nuevo, y éste es, sin duda alguna, el fundamento esencial de todas las fiestas y ritos de renovación que permitían al egipcio vivir periódicamente un tiempo sagrado.            

Por otro lado, al igual que la sacralización del tiempo conforma el Calendario Sagrado, la sacralización del espacio da lugar a la Geografía Sagrada. Como ya vimos antes, el egipcio no concibe vivir en un mundo informe, caótico e indiferenciado, y es precisamente esta aversión al «Caos» y al «no ser», la que le impulsa también a orientar su espacio vital, para que puedan manifestarse en él la «Vida» y el «Orden Cósmico», manteniendo así alejadas a las fuerzas del caos, más allá de las fronteras de Egipto. Pues como bien señala E. Hornung: «Cualquiera que viola los límites establecidos del orden, se aleja del ser y cae, si persiste en esta violación, al abismo del no-ser».[2] Vida y Orden son dos ideas estrechamente relacionadas en la cosmovisión egipcia, pues según el Mito de la Creación, lo primero que hizo el Demiurgo solar (Atum-Ra) al iniciar la Creación, fue insuflar en ella su propio aliento vital (Shu), y establecer los principios del orden cósmico (Maat), para evitar que el Universo recién formado retornase al Caos, disolviéndose de nuevo en las aguas primordiales del Nun. Por eso, en el Himno a Ra del capítulo XV del Libro de los muertos, se dice: «¡Oh tú, Señor de la Vida y del Orden de los Mundos! ¡Gloria a ti, oh Ra! El Orden y el Equilibrio de los Mundos de ti emanan». Shu y Maat son pues hermanos gemelos, y constituyen la primera pareja de Dioses primordiales engendrada por el Demiurgo, cuya unión dará lugar a todos los demás principios duales que rigen la Armonía Cósmica. Por eso, en los Textos de los Sarcófagos vemos que el Demiurgo declara: «Yo soy la eternidad, el creador de las multitudes. Yo existiré con mis hijos. Vida es el nombre de él. Orden el de ella. Vida permanecerá con mi hija Orden, uno dentro de mí, la otra fuera de mí». Inseparables, y a la vez complementarios, Vida y Orden son los dos principios inherentes a la naturaleza misma de la existencia, cuya mutua interacción dinámica permite establecer el arquetipo de la Armonía Universal, ese «Divino Orden Celeste» cuajado de estrellas y constelaciones que los egipcios representaban en los techos de las capillas de sus tumbas y santuarios. Por eso, para poder sacralizar el espacio, los antiguos egipcios orientaban su Geografía Terrestre en función de la divina Geografía Celeste; y de esta forma, al convertir la Tierra en un espejo del Cielo, establecían una eficaz relación de correspondencia entre el microcosmos humano y el macrocosmos divino, haciendo posible que aquellos mismos principios y energías que rigen el Orden y la Armonía en el Universo, se proyectaran con especial intensidad en su propio espacio vital, transformándolo así en un espacio sagrado o microcosmos, a imagen y semejanza del gran macrocosmos, o como se diría hoy en el lenguaje de la nueva Física: en un «Holograma del Universo». Por eso, en los Libros de Hermes, vemos que el Dios Thot le dice a su discípulo Esculapio: «¿Ignoras tú ¡oh Esculapio! que Egipto es la imagen del cielo y que es la proyección, aquí abajo, del orden que reina en el mundo celeste? Pues a decir verdad, nuestra tierra es el centro del mundo». Esta Ley Holística de Correspondencia que configura el Egipto terrestre en función de un Egipto celeste, constituye el principio activo de toda Magia ritual o Magia simpaetica, que actúa eficazmente a través de los diversos ritos y ceremonias de consagración, tanto si se trata de cosmizar el espacio geográfico como de fundar un templo o una ciudad; mientras que la idea del «Centro del Mundo» señala el eje cosmotelúrico que permite orientar el espacio y trazar el plano arquitectónico de los templos. El Centro del Mundo es «el lugar de la Creación», el punto de origen del espacio y el tiempo, desde el cual el Demiurgo organizó el Universo ritmando las doce horas del día y de la noche, y diferenciando las seis direcciones del espacio, cuatro horizontales y dos verticales: de la Tierra al Cielo y del Cielo a la Tierra. Es la Colina Primordial de la Creación, representada a nivel geográfico por la Pirámide, y a nivel arquitectónico por la Piedra Sagrada o Altar del Sancta-Sanctorum de los templos, que sostenía «la estatua viva del Dios». Así pues, este Centro cosmogónico representa el arquetipo de todo Espacio Sagrado, tanto geográfico como arquitectónico. Es el punto de unión entre el Cielo y la Tierra, el Eje de orientación o Axis Mundi, que permite a los hombres elevarse al Mundo Divino, y a los Dioses manifestarse en el Mundo Humano, convirtiendo así el país egipcio en una Hierofanía, es decir, en una Geografía Sagrada.

Esta sed ontológica de vivir lo sagrado, que despierta en el hombre egipcio la necesidad de recrear en la tierra un Orden Celeste, para poder ritmar así su existencia en concordancia con los divinos principios que rigen la Armonía Cósmica, es lo que convierte a la arquitectura, a la pintura o a la escultura egipcia en un Arte al servicio de la Eternidad, pues como dice François Daumas «Para el egipcio, es lo divino o lo eterno lo que constituye la medida de todas las cosas».[3] Esta medida de todas las cosas, que fija la regla fundamental de toda proporción, de todo equilibrio y de toda armonía en los diversos niveles de la existencia, se representaba, como ya hemos visto, a través de la diosa Maat. Maat es pues un concepto altamente metafísico, que establece el canon fundamental que regula tanto la armonía cósmica o el equilibrio social, como el orden moral en el individuo. Por eso, como muy bien explica Henri Frankfort: «Maat se trata de un concepto que pertenece tanto a la cosmología como a la ética. Es la justicia en tanto que orden divino de la sociedad, pero también el orden divino de la Naturaleza establecido en tiempos de la Creación».[4]

El símbolo más acabado para representar esta mentalidad sagrada, que permitía al egipcio trascender el plano de las realidades efímeras para sentirse plenamente identificado con el divino principio de la Creación, lo tenemos sin duda alguna en la Pirámide: siempre en contacto con el cielo, el vértice superior simboliza el principio generatriz del cosmos, cuya proyección en el plano de la manifestación objetiva o mundo terrestre, delimita el cuadrado de la base, perfectamente orientado hacia los cuatro puntos cardinales, de forma que las cuatro caras triangulares con sus respectivos vértices apuntando hacia el mundo celeste, constituyen las cuatro facetas fundamentales de la sociedad egipcia: la religión, la política, la ciencia y el arte; cuatro vertientes distintas, pero a la vez complementarias, de una misma realidad civilizatoria cuya proyección ascensional permite a la conciencia humana elevarse hacia el mundo de las realidades celestes o divinas, simbolizadas por el vértice superior del piramidón, síntesis unificada del bien, la justicia, la verdad y la belleza, que son atributos inherentes de Maat, «el Orden Cósmico plasmado en la tierra».

Rayo de Sol petrificado, la pirámide simboliza el divino principio de la creación, y también el Maat, el orden cósmico manifestado en la tierra.

Así pues, la concepción de un «Orden Cósmico inmanente», es un elevado principio filosófico que ellos supieron representar magistralmente a través de la Diosa Maat, y constituye, sin duda alguna, la piedra angular del pensamiento egipcio, ya que Maat es el arquetipo por excelencia de lo sagrado, que orientaba la existencia de los antiguos egipcios hacia los divinos Principios que rigen la Armonía del Universo.


[1] E. Hornung. El Uno y los Múltiples. Ed. Trotta.

[2] E. Hornung. El Uno y los Múltiples. Ed. Trotta

[3] François Daumas. La Civilización del Egipto Faraónico. Ed. Óptima.

[4] Henri Frankfort. La religión en el antiguo Egipto.

Francis. J. Vilar

 

 

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