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Las escuelas de Sabiduría en el Antiguo Egipto

Francis. J. Vilar

 

Publicado en El Mundo de Sophia Nº especial 2007

 

«En el templo que se encuentra en Sais dedicado a Isis, se podía leer en el pedestal de la imagen la siguiente inscripción: Soy todo lo que fue, todo lo que es y todo lo que será, y jamás mortal alguno ha levantado mi velo»

Isis y Osiris (Plutarco)

       Desde su redescubrimiento en el siglo pasado, gracias a la campaña de Napoleón, Egipto ha ejercido una poderosa fascinación sobre las mentes occidentales. Sin embargo, esto no es nuevo, ya en la Antigüedad los filósofos griegos y latinos peregrinaban a la tierra del Nilo en busca de su ciencia y sus misterios. Los más grandes sabios del mundo clásico bebieron su ciencia en las Escuelas de Sabiduría del antiguo Egipto, y muchos de ellos fueron iniciados a los más recónditos misterios de la Magia en sus templos y escuelas iniciáticas, pero como muy bien señala el egiptólogo François Daumas:

«No se trata de la magia en el sentido peyorativo que le concebimos hoy en día, sino que designa el conjunto de fuerzas necesarias para proteger la vida y acrecentarla»[1].

       Dicha Magia o «Magna Ciencia», que ellos supieron representar magistralmente bajo el símbolo de la Diosa Isis, constituía para los antiguos egipcios la «Ciencia divina del Ser» o «Sabiduría espiritual» que atesoraba el arcano conocimiento de aquellos principios y leyes fundamentales que rigen la Vida en todas sus formas y manifestaciones, la «Sabiduría de las Esencias» que llamaría más tarde el filósofo Platón en sus Diálogos. A este respecto, el mismo Plutarco[2], que fue iniciado a los Misterios de Isis en Egipto, nos dice:

«El nombre mismo que recibe el templo de la Diosa da clara indicación de que es amparo del conocimiento y de la Ciencia del Ser que es. Este templo lleva el nombre de 'Iseión', es decir, la casa donde podemos adquirir la Ciencia del Ser, si pasamos piadosamente y con devoción los portales de los santuarios consagrados a Isis» (Plutarco).

       A parte de Plutarco, sabemos que Solón, que estaba considerado como uno de los siete sabios de Grecia, fue instruido en la escuela de Sabiduría de Sais; Pitágoras y muy posiblemente Platón, en la de Heliópolis; el astrónomo y matemático Eudoxio de Cnidos, que fue el introductor de la astrología en Grecia, fue iniciado a dicha ciencia sagrada en la escuela de Memfis, y además de ellos también sabemos que Tales, Anaxágoras, Hiparco, Eratóstenes, Amonio Saccas, Plotino, Hipatia, Teón de Alejandría, Porfirio, Jámblico, Diodoro de Sicilia, Hecateo de Mileto, Hesíodo, Estrabón, Píndaro y Apolonio de Tiana, entre muchos otros, bebieron de las inagotables fuentes de la Sabiduría del Nilo.

   La instrucción de esta Ciencia sagrada tenía lugar en las Casas de la Vida, llamadas «Per-Anj» en el antiguo Egipto, instituciones sagradas cuyo prestigioso origen se remonta hasta la época protodinástica. Entre los diversos testimonios arqueológicos que lo confirman se halla una vasija de piedra perteneciente al ajuar funerario del tercer rey de la I Dinastía, en la que aparece ya inscrito con claridad el nombre de «La Casa de la Sede de la Vida». Pero además son muchas las evidencias que constatan la existencia de estos centros de Iniciación y enseñanza desde los mismos orígenes de la historia egipcia.

       Las Casas de la Vida, como muy bien explica Elisa Castel, eran verdaderos centros del saber, algo similar a lo que hoy entendemos por universidad. Por otro lado, tal y como hemos podido comprobar a través de autores como Plutarco

«No sólo los documentos egipcios nos informan de la existencia de estos centros, sino que estas instituciones de renombre universal en el mundo antiguo, fueron recogidas a través de viajeros grecorromanos, que las mencionaron como focos de conocimiento por excelencia, donde se encontraban los hombres más sabios, ávidos por cultivarse, y más religiosos del país»[3].

       Su acceso, como en todo colegio iniciático del mundo antiguo, era evidentemente restringido y selectivo. Reservado tan sólo a aquellos amantes de la Sabiduría, ávidos de aprender, que estaban dispuestos a comprometerse solemnemente con la hermandad de Iniciados, jurando emplear su ciencia exclusivamente para el bien común, es decir, al servicio de Maat, y a no utilizarla jamás en beneficio propio, como bien refleja el solemne Juramento Hipocrático, que hasta hace poco realizaban obligatoriamente todos los médicos y cuyo origen podemos remontarlo hasta el antiguo Egipto, que fue cuna de la medicina griega.

     Las Casas de la Vida más importantes fueron las de Heliópolis, Sais, Memfis, Hermópolis, junto con las de Abydos y Tebas en el Imperio Nuevo. Estos colegios iniciáticos constituían verdaderos templos de la Sabiduría, pues en el pensamiento egipcio no existe una separación entre «lo científico» y «lo religioso», de tal forma que ciencia, teología y filosofía se unifican en una misma Ciencia espiritual o Sabiduría cuya finalidad no sólo era estudiar y comprender el Universo, sino que dichos conocimientos sirviesen al hombre para vivir en armonía con las leyes naturales, orientando su vida en este mundo de acuerdo con el orden cósmico de la existencia, al que ellos llamaban Maat.

 

       En este sentido, estamos totalmente de acuerdo con el egiptólogo Barry J. Kemp, cuando afirma que «Los antiguos egipcios se interesaron enormemente por el concepto de un universo entendido como el equilibrio entre dos fuerzas contrarias: la una encaminada al orden y la otra al desorden». Y es precisamente por eso que «Para los egipcios, la sociedad ideal en la tierra era el reflejo fundamental de un orden divino»[4].

       La idea de un orden universal subyacente, que prevaleciendo sobre las fuerzas del caos, hace posible la manifestación y renovación de la vida en todos los ámbitos de la Naturaleza, está magistralmente expresada en el pensamiento egipcio a través de Maat, que es a la vez una diosa, un símbolo y un concepto, pues como muy bien señala Hornung[5] al hablar de «la multiplicidad de enfoques» propia de la mentalidad egipcia, el pensamiento simbólico es capaz de abarcar varios significados en un mismo símbolo o concepto, significados que no sólo no se contradicen, sino que son perfectamente complementarios. En suma podríamos definir a Maat como el Orden natural que dimana de las leyes cósmicas, pero en verdad Maat es mucho más que todo eso, Maat es la causa eficiente de toda ley, de todo orden, de toda belleza, proporción y armonía en el universo. Una armonía que no viene impuesta desde afuera, sino que es intrínseca a la esencia íntima de todos los seres existentes. Es por ello que para los antiguos egipcios, Maat era la condición óptima que podían alcanzar todos los seres, la realización definitiva de la propia Naturaleza y del propio destino, pues «cumplir el Maat» significa hallarse en armonía con uno mismo y con el Universo. Una Armonía Cósmica que ellos anhelaban ver reflejada asimismo en la sociedad egipcia y en la vida del individuo, por eso Maat era también la «Regla de conducta» a seguir por el hombre. Esto nos permite comprender de una forma mucho más clara el pensamiento egipcio y su alto concepto de «Sabiduría espiritual» si tenemos en cuenta, como muy bien ha explicado H. Frankfort que «Al contemplar el Universo no como materia muerta sino como materia plena de vida, la propia existencia del hombre confiere significado a los fenómenos cósmicos y adquiere a su vez una nueva dimensión, posibilitando así una correspondencia entre la vida humana y la Vida natural como fuente inagotable de fuerza. La vida del hombre, tanto la individual como la social, estaba integrada en la vida de la Naturaleza y la experiencia de esta armonía fue interpretada como el mayor bien al que el hombre puede aspirar»[6].

       Las Casas de la Vida -que eran precisamente los centros donde se cultivaban y transmitían estos avanzados sistemas de pensamiento metafísico, tan en consonancia con los nuevos paradigmas de la ciencia moderna-, estaban dirigidas por un clero de sabios Iniciados a cuya cabeza se hallaba el Sumo Sacerdote, cuya denominación variaba según las distintas escuelas iniciáticas, en el colegio de Heliópolis se denominaba «El gran vidente de Ra», en el de Memfis «El grande de los jefes de los artesanos de Ptah», el clero de Toth, en Hermópolis, estaba dirigido por «El más grande de los cinco» y el de Amón en Tebas por «El primer profeta de Amón». De los textos de Plutarco podemos deducir que a la cabeza del clero de Isis en Sais debió estar el «Gran Hierofante de Isis».

La jerarquía de estos colegios era muy compleja y especializada, pues abarcaba desde el joven discípulo de la Sabiduría o el simple aprendiz de escriba, hasta los grandes sabios

Khaemwaset hijo de Ramsés III (dinastía, XIX; Reino Nuevo). Entre otros títulos, ostentó el de gran sacerdote de Ptah.

       La jerarquía de estos colegios era muy compleja y especializada, pues abarcaba desde el joven discípulo de la Sabiduría o el simple aprendiz de escriba, hasta los grandes sabios iniciados que oficiaban las solemnes ceremonias del Rey-Sacerdote (Faraón) y los ocultos misterios del Dios. En la alta jerarquía, además del sumo sacerdote, podemos destacar al «Jefe de todos los secretos» o «Medyty», que dirigía los ritos y ceremonias de carácter iniciático, los Misterios secretos relacionados con la magia ceremonial y la acción de las poderosas fuerzas invisibles de la Naturaleza, cuyo conocimiento estaba reservado tan sólo a los grandes iniciados. También cabe mencionar a los «Iti Netcher» o «Padres del Dios», sabios sacerdotes de alto rango cuya función, según parece, consistía en la instrucción y formación del príncipe heredero, futuro rey de Egipto.

El faraón Horemheb (dinastía XVIII) representado como un escriba.

      Todo esto nos revela que desde muy temprana edad los reyes egipcios eran cuidadosamente instruidos en las Casas de la Vida por grandes maestros de Sabiduría que les iniciaban a los arcanos misterios del Universo, transmitiéndoles profundos conocimientos de las diversas ciencias y artes, que abarcaban desde la astronomía, la historia, las leyes, la política y la psicología moral, hasta la medicina, la teología y la magia ritual. De esta forma, cual legítimo discípulo de la Sabiduría, el joven príncipe heredero se cualificaba para gobernar Egipto con justicia, bondad y Sabiduría, invistiéndose así desde el mismo día de su coronación como un Sabio-Rey-Sacerdote.

     Y es precisamente por este motivo que el trono de Egipto estuviera representado por el jeroglífico , que es el símbolo de Isis, pues Isis, como muy bien refleja el Mito Osiríaco, no sólo es la esposa-hermana del Rey del Mundo, Osiris, al cuál pudo devolver la vida gracias a su ciencia divina (Magia), sino que como muy bien señala Henri Frankfort «El vínculo entre el rey y el trono era un vínculo íntimo entre su persona y el poder que le convertía en rey»[7] y es por ello que desde «La Primera Dinastía, el Faraón se llamó a sí mismo 'Hijo de Isis'»[8]. Teniendo en cuenta que el antiguo Egipto es un estado teocrático y piramidal, el Faraón era el sumo pontífice o puente entre los Dioses y los hombres, y todos lossacerdotes en sus respectivos templos oficiaban siempre en su nombre, a la manera de «antenas repetidoras», haciendo posible que la energía divina de Maat iluminase hasta el último rincón de Egipto. La pirámide constituye así el símbolo perfecto del estado egipcio: en su cúspide, en contacto con el cielo, se encuentra el Faraón, síntesis del rey, sacerdote, sabio y creador, que asume el poder político, religioso, científico y artístico que conforman las cuatro caras fundamentales de la civilización egipcia. Junto al rey y a su doble femenino que es la reina, está el consejo de sabios encabezado por el visir, los ministros y gobernadores, los sumos sacerdotes, los jueces, funcionarios, escribas, etc., hasta llegar al pueblo egipcio, que vivía así una religiosidad mágica y sencilla basada en una moral práctica y solidaria, orientando su existencia por el río de Maat.

      Por otro lado conviene destacar, como muy bien señala el profesor Josep Padró[9], que el sistema piramidal del Estado egipcio estaba basado en el mérito individual, de tal forma que cualquier joven egipcio que iniciaba su carrera de escriba en una pequeña escuela rural, si tenía talento y capacidad, podía llegar al más alto escalafón de la jerarquía piramidal del Estado, ya fuera en la vía religiosa, política, científica o artística, como se ha podido constatar a través de la biografía de diversos visires, arquitectos y sumos sacerdotes.

    En resumen podemos decir que la Sabiduría del antiguo Egipto se transmitía a través de las Casas de la Vida, verdaderas universidades espirituales de su tiempo en las cuales se formaban no sólo los príncipes, sino también los gobernantes, jueces, médicos, sacerdotes, magos, astrónomos, matemáticos, farmacéuticos, arquitectos, escultores, artesanos, literatos, bibliotecarios, pedagogos, escribas y funcionarios en general, que según sus aptitudes y merecimientos eran así capacitados para ejercer diversas funciones al servicio de la sociedad egipcia.

 

 

  El gran sabio Amenhotep hijo de Hapu (dinastía XVIII) representado como un escriba. Su papel en el reinado de Amenhotep III fue de gran importancia, tanta que a su muerte fue divinizado y recibió culto en un templo funerario hoy arrasado muy cerca del de su señor, en la orilla occidental de Luxor.

 

   Si bien en estos colegios iniciáticos se impartía una enseñanza global y multidisciplinaria, especialmente en los más grandes, la tradición egipcia nos revela que todos ellos eran reconocidos por la excelencia de alguna especialidad propia. Así, el colegio de Heliópolis destacaba por sus teólogos, astrólogos, magos y ritualistas; el de Memfis por sus médicos, arquitectos, escultores y artesanos en general; el de Hermópolis por sus matemáticos, literatos, escribas, bibliotecarios y funcionarios reales; y el de Sais por sus astrónomos, jueces, historiadores y filósofos. Fundamentalmente podemos distinguir entre dos tipos de egipcios que integraban las Casas de la Vida: los estudiantes laicos y los discípulos, siendo estos últimos los únicos que residían en ellas de forma permanente y que con el tiempo podían acceder a los sagrados Misterios de la Sabiduría, pasando a formar parte del clero de sacerdotes iniciados, verdadero corazón oculto del antiguo Egipto, que hizo posible que esta prodigiosa civilización perdurase durante más de 3.000 años.

      La tradición egipcia nos ha legado pues el testimonio asombroso de un mundo que fue gobernado por grandes sabios iniciados, piadosos sacerdotes de una Sabiduría divina o Theos-Sophia, síntesis unificada de teología, ciencia y filosofía, a cuyo estudio consagraban su existencia, sirviéndola fielmente durante toda su vida y aún más allá de la muerte, pues la Sabiduría de sus enseñanzas, la grandeza de sus obras y el ejemplo moral de su conducta, fue una perenne fuente de inspiración para las generaciones posteriores. 

      Es innegable que el conocimiento del antiguo Egipto nos sorprende y nos fascina, pero más allá de un estudio metodológico y racional del mismo, esta civilización despierta en nosotros reminiscencias latentes de un mundo sagrado y misterioso, que estando muy alejado en el tiempo, nos resulta sin embargo tremendamente familiar. Para todos aquellos a los que el destino les ha deparado la buena fortuna de poder visitar el viejo país del Nilo, de navegar en sus aguas, de bañarse en sus fuentes, de sentarse a tomar un té al atardecer en la orilla oriental de Tebas para poder contemplar ese sublime instante en el que el Sol desciende sobre la Montaña de Occidente despertando la exaltación jubilosa de todas las aves que pueblan las riberas del Nilo, incitándolas a ejecutar una alegre danza ritual de despedida al padre solar; de hollar las calientes arenas del desierto para poder alcanzar un templo cuyas solitarias ruinas se alzan verticales y desafiantes sobre una infinita inmensidad azul; de caminar de puntillas con la antigua humildad del peregrino por las milenarias salas y columnas de los grandes santuarios, en las que casi podemos aún percibir el perfume de unas ofrendas a la Divinidad cuya sutil esencia ha quedado impregnada en sus muros de eternidad; tal vez, si cerramos entonces los ojos y abrimos los sentidos del Alma, podamos todavía escuchar el suave rumor de las sandalias de papiro de los sacerdotes iniciados, y entre el fascinante claroscuro de las salas hipóstilas, percibamos el sutil resplandor de sus blancas túnicas de lino... pues cuando esto ocurre, significa que hemos sido rozados por la divina magia de Ta-Meri, la Tierra Amada. Entonces nosotros, como pequeños buscadores de la Sabiduría, no podemos más que recordar las palabras de aquel viejo Maestro de Sabiduría, cuando dijo que «Egipto es mucho más que un lugar geográfico... Egipto es en verdad un estado de conciencia».


[1] François Daumas. La Civilización del Egipto Faraónico. Ed. Juventud. Barcelona, 2000.

[2] Plutarco. Isis y Osiris. Ed. Lidium. 1986.

[3] Elisa Castel. Los sacerdotes en el antiguo Egipto. Ed. Aldebarán. Madrid, 1998.

[4] Barry J. Kemp. El Antiguo Egipto. Ed. Crítica. Barcelona, 1992.

[5] Erik Hornung. El Uno y los Múltiples. Ed. Trotta. 1999.

[6] Henri Frankfort. La religión en el antiguo Egipto. Ed. Laertes. Barcelona, 1998.

[7] Henri Frankfort. La religión en el antiguo Egipto. Ed. Laertes. Barcelona, 1998.

[8] W.M. Flinders Petrie. The Royal Tombs of the First Dynasty. London. 1901.

[9] Josep Padró. Historia del Egipto Faraónico. Alianza Editorial. Madrid, 1996

Francis. J. Vilar

 
 

 

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