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La reina Hatshepsut, protectora de las artes
más que jefe militar, ordenó la construcción de un monumento
fúnebre para sí misma y para su padre Tutmosis I, eligiendo
un inaccesible valle ya consagrado a la diosa Hathor que, en
forma de vaca, acogía a los difuntos en el más allá. Tras su
abandono, se instaló en el monumento de la reina Hatshepsut
un convento cristiano conocido como «Convento del Norte»,
que dio a la zona el actual nombre de Deir el-Bahari. Es
necesario reconocer que la providencial instalación del
convento en el templo faraónico, lo preservó de ulteriores
destrucciones.
La gran intuición del arquitecto-ministro
Senmut fue la de explotar al máximo el dramático abanico de
rocas color ocre que se despliega por detrás del valle.
También la concepción del monumento era nueva,
revolucionaria, tanto, que el templo de Hatshepsut, que los
antiguos denominaron «Djeser-Djeseru» (El más Espléndido de
los Espléndidos), es un ejemplar único en la arquitectura
egipcia.
Hatshepsut y el poder
Hatshepsut es una de las estrellas de
primera magnitud de la historia egipcia. Su papel histórico
se consideró tan extraordinario, que la imaginación
novelesca egiptológica se apoderó de ella para convertirla
en una intrigante corroída por la ambición. Cuando su padre,
Tutmosis I, abandonó el mundo de los hombres para reunirse
con los Dioses, Hatshepsut, una joven de 15 años según unos,
de 20 según otros, se convirtió en la gran esposa real de su
hermano Tutmosis II, cuyo reinado duró 14 años, durante los
cuales Hatshepsut dominaba todos los asuntos del país. Entra
entonces en escena un muchacho, Tutmosis III, que se
pretende era hijo de Tutmosis II y una concubina. A la
muerte de Tutmosis II, el joven Tutmosis III, designado
faraón, debía contar entre 5 y 10 años, edad que le
incapacitaba para hacerse cargo del gobierno. Conforme a la
tradición, la esposa real Hatshepsut, recibió el encargo de
ejercer la regencia; su sobrino, que ocupaba el lugar del
rey difunto como faraón de las dos tierras, reinó en el
trono del que le había engendrado -dice un texto- mientras
su tía Hatshepsut, la esposa del Dios, se ocupaba de los
asuntos del país. Con las dos tierras bajo su gobierno, se
aceptó su autoridad y el valle se le sometió. Los textos
antiguos precisan que Hatshepsut conducía los asuntos de
Egipto según sus propios planes y el país inclinó la cabeza
ante ella. Su reinado duró más de 22 años y era muy próspero
y activo en los campos económico y artístico; al contrario,
era un reinado muy tranquilo en el campo militar.
La fama de Hatshepsut ha eclipsado a las
regentes y reinas faraones que la precedieron, debido a la
larga duración de su reinado y la relativa abundancia de
documentación arqueológica sobre ella. Si estudiamos
atentamente su rostro, advertiremos que es en todo conforme
al ideal faraónico, bastante alejado de una visión romántica
y pícara.
Por naturaleza, un faraón de Egipto es
eternamente joven y, en general, resulta vano estudiar los
retratos de la estatuaria sagrada de los faraones. Como era
costumbre, los escultores crearon la imagen simbólica de una
Hatshepsut divinamente hermosa y eternamente joven. La
tipología de la reina presentaba estas características: ojos
almendrados, nariz larga, recta y fina, mejillas lisas, boca
pequeña, labios delgados, barbilla menuda, una mujer bonita,
felina, de fina sonrisa.
El segundo mes de la estación invernal, el
segundo año del reinado de Tutmosis III, tuvo lugar un
acontecimiento extraordinario: el oráculo del Dios Amón, en
el templo de Karnak, prometió a Hatshepsut que en el futuro
sería reina. Sin señalar los hechos precisos, resulta muy
sorprendente que Hatshepsut no empezara a reinar en estas
fechas, sino que fue coronada 5 años después.
Aunque su nombre no figura en las listas
de los faraones descubiertas hasta la fecha, Hatshepsut es
conocida por otras fuentes, y su condición de faraón
reinante no ofrece ninguna duda. Según los estudios más
recientes, el reinado de Hatshepsut era contemporáneo del de
Tutmosis III, sin decretar el año primero, motivo por el
cual la tradición le atribuye 22 años y 9 meses de reinado,
cuando al parecer sólo gobernó durante 15 años. Por otra
parte, Hatshepsut asoció a Tutmosis III a varios actos
oficiales, como la explotación de canteras o la inauguración
de los proyectos del Estado. Resulta claro que se
superpusieron los dos reinados, situación que se repetiría
en varias ocasiones a lo largo de la historia faraónica,
pero esta vez el período del reinado en común fue
especialmente largo. No cabe duda que debemos renunciar a la
teoría de un conflicto entre Hatshepsut y Tutmosis III.
El Templo de Millones de Años
Deir el-Bahari es el templo de millones de
años de Hatshepsut, el lugar donde se rinde culto a su Ka,
asociado al de su padre, Tutmosis I; es también la
residencia de Amón, el Dios oculto, y de Hathor, la Diosa
del amor divino. El Alma de Hatshepsut, protegida por las
divinidades, conoce una regeneración perpetua. Los vestigios
que podemos contemplar en la actualidad han conservado su
carácter sublime, por más que algunas de las restauraciones
realizadas deberán rectificarse. En otros tiempos, el lugar
poseía un esplendor hoy en día casi desaparecido: ante el
templo se desplegaban jardines llenos de árboles y estanques
que aportaban frescura al lugar. Verdaderamente era aquella
la puerta de un paraíso, indicado por la presencia de dos
leones de piedra, encarnación del ayer y del mañana. En
aquel lugar existía un templo construído durante el Imperio
Medio por Montohotep. Hatshepsut se vinculaba de este modo a
una tradición que había captado el carácter sagrado del
lugar; el acantilado también servía de pared de fondo al
último santuario, ofreciendo una formidable sensación de
verticalidad y de ascenso a lo divino.
Se ha conservado el texto de la
dedicatoria que fuera pronunciada por la misma Hatshepsut:
«He construído un monumento para mi padre Amón, Señor de la
Eternidad; he erigido este vasto Templo de Millones de Años,
cuyo nombre es El Sagrado de los Sagrados, de bella y
perfecta piedra blanca, en este lugar consagrado a él desde
el origen». La reina debió conocer una de las mayores
alegrías de su reinado al recorrer la avenida bordeada de
árboles que llevaba al templo; en el aire flotaban perfumes
de incienso; en el agua de los estanques con forma de T,
navegarían pequeñas barcas durante la celebración de los
ritos destinados a alejar las potencias nocivas. El templo
era una serie de vastas tierras que mediante rampas
ascendían al último santuario; otra avenida de esfinges y
obeliscos daba acceso a la primera terraza, cerrada al fondo
por un pórtico formado por 22 pilares y flanqueado por dos
pilastras osiríacas, del que partía una rampa que conducía a
la segunda terraza, también cerrada por un pórtico con dos
filas de pilastras cuadradas.
La expedición al País de Punt
El reinado de Hatshepsut fue uno de los
más pacíficos, pero también fue uno de los que más
favorecieron los terrenos económico y científico. Ya 4.000
años antes del famoso explorador Colón, la reina egipcia
mandó una poderosa expedición para descubrir el continente
africano y las fuentes del río Nilo, no sólo por motivos
comerciales o coloniales, sino también por motivos
científicos y por curiosidad. En la segunda terraza del
templo, hermosísimos bajorrelieves narran la expedición al
misterioso País de Punt.
El dios Amón se dirigió al corazón de su
hija, ordenándole que aumentara la cantidad de ungüentos
destinados a él, e ir a buscarlos muy lejos, a la tierra de
Dios: el País de Punt. Hatshepsut no se desplazó
físicamente, sino que fue su Espíritu el guía de la
expedición.
Al cabo de largos debates, que sin duda
continuarán, se desprende que éste, El Dorado africano,
estaría situado en los parajes de la costa de Somalia. Pero
el viaje a Punt no es sólo una búsqueda de perfumes y
esencias sutiles, ya que en el bajorrelieve se observan
jirafas, simios, leones, pieles de pantera y objetos de
marfil; los textos se limitan a hacernos saber que los
marinos llegaron a Punt al término del feliz viaje, pues no
en vano habían llevado consigo un grupo escultórico que
representaba a Amón y a Hatshepsut, gracias al cual quedaba
conjurado todo peligro.
El jefe de los marinos
El paisaje fascinó a Nehesi: palmeras,
datileras, cocoteros y árboles de incienso. Los nativos que
vivían en chozas sobre pilotes a las que accedían mediante
escaleras, parecían pacíficos; no obstante, Nehesi tomó
algunas precauciones elementales: se presentó acompañado de
una pequeña escolta, escasamente amenazante, ya que los
soldados egipcios llevaban consigo algunos regalos en forma
de collares, brazaletes, perlas y vituallas. El recibimiento
fue de lo más caluroso. La familia reinante de Punt y los
dignatarios se inclinaron ante los enviados de Hatshepsut.
Los dignatarios de Punt no ocultaron su sorpresa: ¿cómo
habían hecho los egipcios para llegar a esta región cuyo
emplazamiento ignoraba el resto de los mortales? ¿habían
recorrido los caminos celestes, habían llegado por agua o
tierra? El relato nada dice de las explicaciones
geográficas.
Se levantó un pabellón en el que se
celebró un banquete; en el menú no faltaron ni carne, ni
verduras, ni frutas, también se ofrecieron vino y cerveza.
Para el regreso, los egipcios cargaron mirra, marfil,
maderas preciosas, antimonio, pieles de pantera, sacos
llenos de gomas aromáticas, sacos de oro, bumeranes y
árboles de incienso, cuyas raíces envolvieron cuidadosamente
con esteras húmedas. También embarcaron monos y perros, a
los que, no nos cabe duda, no les faltaron buenos amos en
Egipto. En el centro de Punt se erigió una estatua de
Hatshepsut y Amón. A su llegada a Tebas fueron recibidos con
una fiesta; la población se había congregado en gran número
en los muelles y dio la bienvenida a los expedicionarios con
cantos y bailes.
El nacimiento sagrado
En las paredes de la segunda terraza,
hermosísimos bajorrelieves narran el nacimiento y la
infancia de la reina. Un faraón no es un oportunista ni un
banal personaje; no le eligen los hombres, sino que son los
Dioses quienes lo forman.
Desde el huevo, en el ser de un rey de
Egipto, se superponen un individuo humano, perecedero,
acerca del cuál nada dicen los textos, y una persona
simbólica, inmortal, de la que se nos habla profusamente.
Por esta razón, al convertirse en faraón, se proclama el
nuevo nacimiento sagrado de Hatshepsut como monarca; un
nacimiento relatado en el escenario del templo. El relato va
destinado a las divinidades y no a los hombres, para que
aquellas reconozcan al nuevo faraón digno de reinar. Para
describir este episodio tan desconcertante a nuestros ojos,
los eruditos inventaron la expresión «teogamia», es decir,
matrimonio con un Dios. Esto es lo que nos revelan los
bajorrelieves del templo: «Ahmose, la esposa real de
Tutmosis I, se hallaba en su palacio; al verla, el dios Thot
se llenó de gozo; el maestro de las ciencias sagradas se
dirigió a Amón para anunciarle que acababa de descubrir a la
que estaba buscando» (el nombre de Amón sintetiza la
potencia divina, que expresa a la vez el secreto de la vida
y su manifestación más deslumbrante).
«Después de haber consultado a su consejo,
Amón decidió el nacimiento del nuevo faraón. El Dios adoptó
la apariencia física de Tutmosis I y se introdujo en la
cámara donde la reina se encontraba descansando; ésta
despertó al percibir el maravilloso perfume que su real y
divino esposo esparció a su alrededor. En el palacio quedó
el aroma del País de Punt, la lejana comarca donde crecen
los árboles de incienso.
Abrasado de amor por la visión de la
reina, Amón se dirigió a ella, haciéndole de su amor y su
deseo; ella se sintió feliz al contemplar su belleza; el
amor divino recorría sus miembros, extendiéndose por todo su
cuerpo, y el Dios y la reina se unieron en un abrazo. Amón
declara: «Hatshepsut, ese será el nombre de la hija que he
depositado en tu cuerpo; ella ejercerá la función de
faraón». El Dios concedió a la hija las cualidades
necesarias para gobernar, la fuerza creadora, la facultad de
juzgar con ecuanimidad y la de conducir a su pueblo hacia la
plenitud.
Cuando llega el momento del nacimiento, el
Dios está presente al lado de la gran esposa real; le
presenta la llave de la vida y ordena al alfarero divino, el
Dios Jnum, que modele en su torno a Hatshepsut junto a su
Ka, su alma; dicho de otro modo, que una en el mismo ser lo
mortal y lo inmortal.
El alfarero utilizó la carne de Amón, un
material abstracto y luminoso, para modelar dos niños: el
rey humano y su Ka. Al nuevo ser se le concedieron vida,
fuerza, estabilidad y alegría, asistido por las divinidades,
las fuerzas universales y los genios protectores del
nacimiento.
Hatshepsut esparcirá la prosperidad en
torno a ella, reinará sobre Egipto y sobre los países
extranjeros. Jnum llevó su obra a buen término y condujo a
la reina a una sala especial donde se había instalado un
gran lecho. Amón presenta a su hija a los Dioses del Alto y
el Bajo Egipto, que admiran su belleza: «Amadla -les dice-,
confiad en ella, pues ella es el símbolo viviente de Amón,
su representante en la tierra, nacida de la carne del mismo
Dios». Según los bajorrelieves del templo, al nacimiento de
la reina le siguió inmediatamente su coronación; el ritual
probablemente tuvo lugar en el templo de Karnak, donde
Hatshepsut fue reconocida como faraón legítimo.
Más allá de la avenida de árboles y
palmeras, se revelaba el rasgo principal de la arquitectura
de Deir el-Bahari; con su disposición en terrazas puntadas
rítmicamente por varios pórticos, la mirada se orienta
entonces hacia lo alto, hacia la terraza superior, donde se
halla el santuario, el lugar más sagrado de todo el
monumento; en él se celebraban varios cultos: el de Anubis,
guía de los justos por los caminos de Más Allá, y el de
Hathor. En la capilla consagrada a la Diosa, la vemos con la
forma de una vaca lamiendo la punta de los dedos de
Hatshepsut, a la que en ese modo transmite la energía
celeste y la facultad de resucitar. También con apariencia
de vaca, Hathor amamanta a la reina, que, al absorver la
leche de las estrellas, conoce una eterna juventud. En la
terraza superior, Hatshepsut aparece representada como
Osiris, cruzando las puertas de la muerte para renacer y
convertirse en un nuevo sol, venerado en el santuario de Ra.
El templo de Deir el-Bahari es, asimismo,
el lugar donde se conserva la memoria de los acontecimientos
principales del imperio egipcio. Un templo egipcio es un ser
vivo al que se le da un nombre. Deir el-Bahari se llamaba
Djeser Djeseru, «El Sagrado de los Sagrados» o «El
Espléndido de los Espléndidos». Mucho tiempo después de la
muerte de Hatshepsut, Deir el-Bahari fue reconocido como un
lugar donde se expresaba lo sagrado; en él se celebraba la
memoria de los grandes sabios, como Amenhotep, hijo de Hapu,
e Imhotep, primer ministro de Zoser, arquitecto, mago y
médico, al que los enfermos acudían para pedirle que les
sanara el alma y el cuerpo.
Sameh El Hefnawy
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