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Howard Carter

 

 

Nati Sánchez

Publicado en el Mundo de Sophia 19

 

 

“Supongo que muchos excavadores confesarían haber sentido asombro, casi desconcierto, al penetrar en una cámara cerrada y sellada por manos piadosas tantos siglos antes. En aquel momento, el tiempo como factor de la vida humana perdía todo significado. Han pasado tres o cuatro mil años quizás desde que un pie humano pisó por última vez el suelo en que uno está y, sin embargo, al notar las señales recientes  de vida a su alrededor, uno siente que podría haber sido ayer. El mismo aire que se respira, que no ha cambiado a través de los siglos, se comparte con aquellos que colocaron la momia allí para su descanso eterno. Pequeños detalles de este tipo destruyen el tiempo y uno se siente como un intruso”

                                                                                              Howard Carter

Un joven de 17 años desembarca en el gran puerto de Alejandría. Partió de Inglaterra cuando se recrudecía el otoño, pero al salir a cubierta un calor abrasador invade su cuerpo. Cuando sus ojos se acostumbran por fin a la luz del sol, su vista se pierde en el horizonte, hacia el Sur, donde más allá del delta del Nilo su destino le está esperando bajo las arenas. Pero Howard Cartes nada sospecha de lo que habrá de acontecerle en los próximos años y con rostro sonriente se dirige, con su carta de recomendación, al que habrá de ser su primer maestro de arqueología: F. Petrie. Las habilidades como pintor de joven inglés sorprendieron gratamente al ilustre y viejo arqueólogo, quien se volcó en enseñar a Carta todos los secretos del oficio.

Tras un largo periodo recibiendo la mejor instrucción teórica y práctica que puede soñar un egiptólogo, comienza a trabajar en las restauraciones de Deir-El-Bahari y se establece en Luxor, integrándose en la vida cotidiana del país y aprendiendo el árabe. En 1899, Gaston Máspero, en aquel momento Jefe de los Servicios de Antigüedades Egipcias, se fija en este joven brillante de 25 años y le concede el trabajo más codiciado por todos los egiptólogos del mundo: Inspector Jefe de Antigüedades del Alto Egipto, causando un verdadero revuelo entre los que deseaban el puesto. Pero Carter demuestra estar a la altura de las expectativas de Máspero y realiza su labor con una profesionalidad ejemplar, viajando continuamente a través del Nilo desde Luxor hasta Abu-Simbel, supervisando y protegiendo los monumentos, facilitando el acceso de los turistas y persiguiendo a los ladrones de antigüedades. Esta labor le hace subir de rango en tan sólo cinco años, pasando a ocupar el mismo cargo en el Bajo Egipto, lo  que implica la supervisión directa sobre la llanura de Gizé y toda la ruta de las pirámides.

Pero un fortuito acontecimiento iba a detener su fulgurante ascenso profesional y nos iba a dar la primera muestra clara de su carácter, noble, franco e incorrompible. Sucedió que un grupo de turistas franceses adinerados bebió más de la cuenta y se encaprichó en entrar en los monumentos. El equipo de Carter se lo impidió, pese a su insistencia y tuvieron que marcharse sin lograr su objetivo. Al día siguiente se tomaron la revancha y exigieron de los superiores del Servicio de Antigüedades una disculpa pública, pero Carter se mostró inflexible, defendiendo a sus hombres hasta el final. Como se negó a venderse, pagó con su puesto viéndose obligado a dimitir.

Algo desengañado comenzó a trabajar como guía turístico y pintor de retratos para sobrevivir, pero su valía como hombre de ciencia pronto se vería rescatada por un hombre singular, el quinto conde de Carnavon. La relación que unió a estos dos hombres fue desde el principio muy especial, basada en un respeto mutuo y en su sueño común: realizar un hallazgo realmente grande que pudiera reescribir la historia de la egiptología. Al unirse se aliaban el entusiasmo y el dinero del lord inglés, con el conocimiento, la perseverancia y la profesionalidad del arqueólogo. Prueba de los sólidos lazos que unieron su amistad es la siguiente dedicatoria que escribe Howard Carter en su libro La tumba de Tutankhamón: “A la memoria de mi querido amigo y colega, Lord Carnavon, que murió en el momento de su triunfo. De no ser por su incansable generosidad y continuos estímulos, nuestros esfuerzos no se hubieran visto coronados por el éxito. Sus conocimientos de arte antiguo no pueden igualarse con facilidad. La historia honrará siempre sus esfuerzos, que tanto han hecho para extender nuestros conocimientos en egiptología, y su recuerdo quedará grabado en mi memoria para siempre”. La generosidad de Lord Carnavon ciertamente no puede ponerse en duda: patrocinó durante casi veinte años las campañas arqueológicas de Carter y no siempre recibió algo a cambio, pues la arqueología es una amante que exige mucho pero que es caprichosa a la hora de dar.

En 1903 comienzan su aventura realizando distintas campañas, pero ya desde el principio se marcan un claro objetivo: el Valle de los Reyes de la Tebas de Oriente, del que el norteamericano T. Davis tenía los derechos exclusivos de excavación. En 1917, tras catorce años de esperar y trabajar juntos, se abre una puerta a su esperanza cuando Davis, resignado, cree que ya no hay nada que encontrar en el Valle, que está agotado. Sin saberlo, les dejó una valiosa pista a los ingleses: Davis había descubierto un hoyo donde no habían más que unos cuantos objetos dispersos y que él consideró una tumba saqueada. En las piezas se hallaba inscrito un nombre poco conocido: Tutankhamón. Estas piezas convencieron a Carter de que este si legendario rey había existido y de que su tumba no podía estar muy lejos. Comenzaron las excavaciones con un equipo de 100 hombres, limpiando y peinando el Valle durante cinco años infructuosos. En el veano de 1922 Carter y Carnavon tuvieron una conversación decisiva en la mansión inglesa de éste, pues había decidido no emprender más campañas. Carter, apostándolo todo a una última carta, se ofreció a pagar él mismo los costes de un último intento, ofreciéndole a él todos los beneficios si la empresa tenía éxito. Carnavon quedó realmente impresionado y aceptó continuar un año más… por supuesto, él pagaría los gastos. Carter nos describe mejor que nadie cómo vivía aquellos momentos: “Iba a ser nuestra última campaña en el Valle. Habíamos excavado allí durante seis campañas completas y cada una de ellas había terminado en nada; trabajamos durante meses al máximo esfuerzo sin encontrar nada, y sólo un excavador sabe lo desesperado y deprimente que esto puede ser. Ya casi nos habíamos convencido de nuestra derrota y nos preparábamos para dejar el Valle y probar suerte en otro lugar. Y entonces, cuando apenas habíamos dado el primer golpe de azada en un último esfuerzo desesperado, hicimos un descubrimiento que excedía en mucho nuestros sueños más exagerados. En realidad, encontrar la tumba fue un hecho casi fortuito: uno de los trabajadores alisó un poco la arena para dejar un jarro de agua en el suelo y tropezó con el primer escalón. Ni siquiera se hallaba Carter en la excavación: “Apenas había llegado a la excavación cuando un extraño silencio hizo darme cuenta de que había sucedido algo fuera de lo común”. Hasta la tarde del día siguiente no terminaron de retirar toda la arena que cubría los restantes escalones, 16 en total,, al final de los cuales se hallaba la puerta sellada con los símbolos rituales egipcios. Era la primera vez que se encontraban intactos. Haciendo un alarde de autodominio y de respeto hacia la figura de su mecenas, Carter volvió a recubrirlo todo y sin notificar nada a las autoridades escribió un breve telegrama: “Al fin, maravilloso descubrimiento en el Valle. Espléndida tumba con sellos intactos. Sin tocar en espera de su llegada. Felicidades. Carter”. Lord Carnavon tardó dos semanas y media en llegar a Luxor con su hija Evelyn y a partir de este momento los acontecimientos se precipitaron. Cuando cruzaron el primer umbral pudieron constatar maravillados que si bien los ladrones habían intentado saquear la tumba, no lo habían conseguido; un sin fin de tesoros se iban iluminando ante sus atónitos ojos a medida que débil vela iba devolviéndoles su milenaria vida: animales extraños, estatuas, mobiliario, juguetes, incluso las últimas ofrendas de flore realizada al faraón seguían desprendido un singular aroma. Carter siguió avanzando muy despacio seguido de sus intrépidos amigos, ansiosos por desvelar qué había más allá de la segunda puerta. Con mucha paciencia y cuidado quitaron los cascotes que les impedían el acceso, y él fue el primero en dirigir su mirada al interior; lo que vio le dejó sobrecogido y no reaccionó hasta que Lord Carnavon, ya desesperado, le preguntó: “Puede ver algo?. So –dijo-, cosas maravillosas”.

La noticia del descubrimiento comenzó a correr por el mundo despertando un interés pocas veces conseguido en la historia de la arqueología. Carter comenzó una labor titánica de catalogación que habría de durar diez años, formando uno de los mejores equipos de expertos nunca visto. Demostró ser un arqueólogo brillante, estableciendo nuevos principios de documentación. Apuntó y registró todos y cada uno de los objetos de la tumba, grandes y pequeños, tratándolos con el mayor de los cuidados y prevenciones a fin de no estropear nada, lo que significaba una gran lentitud en los trabajos. Esto, sumado a que las riquezas encontradas eran muchas, hizo que las presiones comenzaran a dejarse notar, especialmente tras la trágica y lamentable muerte de Lord Carnavon en 1923, quien era más dado a la diplomacia que Carter. Cuando las cosas se pusieron peor con el gobierno egipcio, llegó a perder su puesto, momento en el que viajó por Europa y Norteamérica dando conferencias y escribiendo artículos y libros. Los problemas se solucionaron y en enero de 1925 pudo regresar al Valle y concluir su labor científica de catalogación meticulosa, con la apertura del sarcófago del rey. Tardó siete años en concluir su trabajo y en 1932, cumplido su destino, regresó a Inglaterra, donde vivió hasta el 2 de marzo de 1939, día en el que inició su propio viaje al “más allá”. Si alguien me pidiera que lo definiera con tres palabras, yo utilizaría éstas: franqueza, talento y determinación. Ese fue Howard Carter.

 

 

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