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“Supongo que muchos
excavadores confesarían haber sentido asombro, casi
desconcierto, al penetrar en una cámara cerrada y sellada
por manos piadosas tantos siglos antes. En aquel momento, el
tiempo como factor de la vida humana perdía todo
significado. Han pasado tres o cuatro mil años quizás desde
que un pie humano pisó por última vez el suelo en que uno
está y, sin embargo, al notar las señales recientes de vida
a su alrededor, uno siente que podría haber sido ayer. El
mismo aire que se respira, que no ha cambiado a través de
los siglos, se comparte con aquellos que colocaron la momia
allí para su descanso eterno. Pequeños detalles de este tipo
destruyen el tiempo y uno se siente como un intruso”
Howard Carter
Un joven de 17 años
desembarca en el gran puerto de Alejandría. Partió de
Inglaterra cuando se recrudecía el otoño, pero al salir a
cubierta un calor abrasador invade su cuerpo. Cuando sus
ojos se acostumbran por fin a la luz del sol, su vista se
pierde en el horizonte, hacia el Sur, donde más allá del
delta del Nilo su destino le está esperando bajo las arenas.
Pero Howard Cartes nada sospecha de lo que habrá de
acontecerle en los próximos años y con rostro sonriente se
dirige, con su carta de recomendación, al que habrá de ser
su primer maestro de arqueología: F. Petrie. Las habilidades
como pintor de joven inglés sorprendieron gratamente al
ilustre y viejo arqueólogo, quien se volcó en enseñar a
Carta todos los secretos del oficio.
Tras un largo periodo
recibiendo la mejor instrucción teórica y práctica que puede
soñar un egiptólogo, comienza a trabajar en las
restauraciones de Deir-El-Bahari y se establece en Luxor,
integrándose en la vida cotidiana del país y aprendiendo el
árabe. En 1899, Gaston Máspero, en aquel momento Jefe de los
Servicios de Antigüedades Egipcias, se fija en este joven
brillante de 25 años y le concede el trabajo más codiciado
por todos los egiptólogos del mundo: Inspector Jefe de
Antigüedades del Alto Egipto, causando un verdadero revuelo
entre los que deseaban el puesto. Pero Carter demuestra
estar a la altura de las expectativas de Máspero y realiza
su labor con una profesionalidad ejemplar, viajando
continuamente a través del Nilo desde Luxor hasta Abu-Simbel,
supervisando y protegiendo los monumentos, facilitando el
acceso de los turistas y persiguiendo a los ladrones de
antigüedades. Esta labor le hace subir de rango en tan sólo
cinco años, pasando a ocupar el mismo cargo en el Bajo
Egipto, lo que implica la supervisión directa sobre la
llanura de Gizé y toda la ruta de las pirámides.
Pero un fortuito
acontecimiento iba a detener su fulgurante ascenso
profesional y nos iba a dar la primera muestra clara de su
carácter, noble, franco e incorrompible. Sucedió que un
grupo de turistas franceses adinerados bebió más de la
cuenta y se encaprichó en entrar en los monumentos. El
equipo de Carter se lo impidió, pese a su insistencia y
tuvieron que marcharse sin lograr su objetivo. Al día
siguiente se tomaron la revancha y exigieron de los
superiores del Servicio de Antigüedades una disculpa
pública, pero Carter se mostró inflexible, defendiendo a sus
hombres hasta el final. Como se negó a venderse, pagó con su
puesto viéndose obligado a dimitir.
Algo desengañado comenzó
a trabajar como guía turístico y pintor de retratos para
sobrevivir, pero su valía como hombre de ciencia pronto se
vería rescatada por un hombre singular, el quinto conde de
Carnavon. La relación que unió a estos dos hombres fue desde
el principio muy especial, basada en un respeto mutuo y en
su sueño común: realizar un hallazgo realmente grande que
pudiera reescribir la historia de la egiptología. Al unirse
se aliaban el entusiasmo y el dinero del lord inglés, con el
conocimiento, la perseverancia y la profesionalidad del
arqueólogo. Prueba de los sólidos lazos que unieron su
amistad es la siguiente dedicatoria que escribe Howard
Carter en su libro La tumba de Tutankhamón: “A la memoria
de mi querido amigo y colega, Lord Carnavon, que murió en el
momento de su triunfo. De no ser por su incansable
generosidad y continuos estímulos, nuestros esfuerzos no se
hubieran visto coronados por el éxito. Sus conocimientos de
arte antiguo no pueden igualarse con facilidad. La historia
honrará siempre sus esfuerzos, que tanto han hecho para
extender nuestros conocimientos en egiptología, y su
recuerdo quedará grabado en mi memoria para siempre”. La
generosidad de Lord Carnavon ciertamente no puede ponerse en
duda: patrocinó durante casi veinte años las campañas
arqueológicas de Carter y no siempre recibió algo a cambio,
pues la arqueología es una amante que exige mucho pero que
es caprichosa a la hora de dar.
En 1903 comienzan
su aventura realizando distintas campañas, pero ya desde el
principio se marcan un claro objetivo: el Valle de los Reyes
de la Tebas de Oriente, del que el norteamericano T. Davis
tenía los derechos exclusivos de excavación. En 1917, tras
catorce años de esperar y trabajar juntos, se abre una
puerta a su esperanza cuando Davis, resignado, cree que ya
no hay nada que encontrar en el Valle, que está agotado. Sin
saberlo, les dejó una valiosa pista a los ingleses: Davis
había descubierto un hoyo donde no habían más que unos
cuantos objetos dispersos y que él consideró una tumba
saqueada. En las piezas se hallaba inscrito un nombre poco
conocido: Tutankhamón. Estas piezas convencieron a Carter de
que este si legendario rey había existido y de que su tumba
no podía estar muy lejos. Comenzaron las excavaciones con un
equipo de 100 hombres, limpiando y peinando el Valle durante
cinco años infructuosos. En el veano de 1922 Carter y
Carnavon tuvieron una conversación decisiva en la mansión
inglesa de éste, pues había decidido no emprender más
campañas. Carter, apostándolo todo a una última carta, se
ofreció a pagar él mismo los costes de un último intento,
ofreciéndole a él todos los beneficios si la empresa tenía
éxito. Carnavon quedó realmente impresionado y aceptó
continuar un año más… por supuesto, él pagaría los gastos.
Carter nos describe mejor que nadie cómo vivía aquellos
momentos: “Iba a ser nuestra última campaña en el Valle.
Habíamos excavado allí durante seis campañas completas y
cada una de ellas había terminado en nada; trabajamos
durante meses al máximo esfuerzo sin encontrar nada, y sólo
un excavador sabe lo desesperado y deprimente que esto puede
ser. Ya casi nos habíamos convencido de nuestra derrota y
nos preparábamos para dejar el Valle y probar suerte en otro
lugar. Y entonces, cuando apenas habíamos dado el primer
golpe de azada en un último esfuerzo desesperado, hicimos un
descubrimiento que excedía en mucho nuestros sueños más
exagerados. En realidad, encontrar la tumba fue un hecho
casi fortuito: uno de los trabajadores alisó un poco la
arena para dejar un jarro de agua en el suelo y tropezó con
el primer escalón. Ni siquiera se hallaba Carter en la
excavación: “Apenas había llegado a la excavación cuando
un extraño silencio hizo darme cuenta de que había sucedido
algo fuera de lo común”. Hasta la tarde del día
siguiente no terminaron de retirar toda la arena que cubría
los restantes escalones, 16 en total,, al final de los
cuales se hallaba la puerta sellada con los símbolos
rituales egipcios. Era la primera vez que se encontraban
intactos. Haciendo un alarde de autodominio y de respeto
hacia la figura de su mecenas, Carter volvió a recubrirlo
todo y sin notificar nada a las autoridades escribió un
breve telegrama: “Al fin, maravilloso descubrimiento en
el Valle. Espléndida tumba con sellos intactos. Sin tocar en
espera de su llegada. Felicidades. Carter”. Lord
Carnavon tardó dos semanas y media en llegar a Luxor con su
hija Evelyn y a partir de este momento los acontecimientos
se precipitaron. Cuando cruzaron el primer umbral pudieron
constatar maravillados que si bien los ladrones habían
intentado saquear la tumba, no lo habían conseguido; un sin
fin de tesoros se iban iluminando ante sus atónitos ojos a
medida que débil vela iba devolviéndoles su milenaria vida:
animales extraños, estatuas, mobiliario, juguetes, incluso
las últimas ofrendas de flore realizada al faraón seguían
desprendido un singular aroma. Carter siguió avanzando muy
despacio seguido de sus intrépidos amigos, ansiosos por
desvelar qué había más allá de la segunda puerta. Con mucha
paciencia y cuidado quitaron los cascotes que les impedían
el acceso, y él fue el primero en dirigir su mirada al
interior; lo que vio le dejó sobrecogido y no reaccionó
hasta que Lord Carnavon, ya desesperado, le preguntó:
“Puede ver algo?. So –dijo-,
cosas maravillosas”.
La noticia del
descubrimiento comenzó a correr por el mundo despertando un
interés pocas veces conseguido en la historia de la
arqueología. Carter comenzó una labor titánica de
catalogación que habría de durar diez años, formando uno de
los mejores equipos de expertos nunca visto. Demostró ser un
arqueólogo brillante, estableciendo nuevos principios de
documentación. Apuntó y registró todos y cada uno de los
objetos de la tumba, grandes y pequeños, tratándolos con el
mayor de los cuidados y prevenciones a fin de no estropear
nada, lo que significaba una gran lentitud en los trabajos.
Esto, sumado a que las riquezas encontradas eran muchas,
hizo que las presiones comenzaran a dejarse notar,
especialmente tras la trágica y lamentable muerte de Lord
Carnavon en 1923, quien era más dado a la diplomacia que
Carter. Cuando las cosas se pusieron peor con el gobierno
egipcio, llegó a perder su puesto, momento en el que viajó
por Europa y Norteamérica dando conferencias y escribiendo
artículos y libros. Los problemas se solucionaron y en enero
de 1925 pudo regresar al Valle y concluir su labor
científica de catalogación meticulosa, con la apertura del
sarcófago del rey. Tardó siete años en concluir su trabajo y
en 1932, cumplido su destino, regresó a Inglaterra, donde
vivió hasta el 2 de marzo de 1939, día en el que inició su
propio viaje al “más allá”. Si alguien me pidiera que lo
definiera con tres palabras, yo utilizaría éstas: franqueza,
talento y determinación. Ese fue Howard Carter.
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