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A partir de fuentes muy diversas podemos aseverar que en la
mentalidad del hombre antiguo del Nilo las palabras,
escritas, leídas o recitadas estaban cargadas de poder
mágico. Esta constatación nos hace plantearnos algunas
cuestiones fundamentales a la hora de estudiar la magia de
los libros de los libros del antiguo Egipto, y son las
siguientes: ¿cómo entendían la magia los egipcios de la
Antigüedad y qué era para ellos aquel concepto?
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Hemos
de tener presente que en el antiguo Egipto, al igual que en
otras muchas culturas del pasado e incluso en algunas
sociedades contemporáneas en estadios evolutivos de
pensamiento distintos al nuestro, no existía o no existe una
distinción clara entre los conceptos de magia, medicina y
superstición. En esas culturas dichas nociones comparten una
misma categoría conceptual en la que todas ellas son
necesarias y complementarias aunque independientes. Así, en
el antiguo Egipto, cualquier problema concreto, de cualquier
naturaleza, ya se tratara de una enfermedad o de un estado
emocional dominado por la ansiedad y la perturbación, podría
combatirse mediante la ejecución correcta de rituales
concretos que se combinarían con prescripciones facultativas
precisas y recitaciones de las fórmulas mágicas adecuadas.
El proceso conllevaría el uso de objetos determinados,
instrumentos rituales, en ocasiones amuletos, que resultaban
eficaces frente a la adversidad combatida por su naturaleza
mágica, a veces sagrada, vinculada a lo divino. Era preciso,
por tanto, utilizar las técnicas mágicas que precisaban de
palabras, acciones e ingredientes; entre éstos últimos se
encontraban los amuletos.
Las
fuentes egipcias que nos informan sobre estos aspectos nos
dicen que para aquellos hombres antiguos la magia era una
fuerza de carácter divino que podía ser invocada para
combatir los momentos de crisis. Aquel poder se denominaba
en la lengua egipcia “heka” o “hekau” y era
una prerrogativa divina pero que podía ser invocada incluso
por los hombres. En este sentido los textos resultan
claros y explícitos, como puede comprobarse en una de las
máximas del texto conocido como “Las enseñanzas para Merikare” (Lichteim, 1975: 97-109), escrito de naturaleza
sapiencial en donde un tutor instruido, sabio por su
formación y por la experiencia misma de la vida, ofrece a
su pupilo, un hombre joven, en su función de educador,
recopilaciones de sentencias morales y de carácter práctico
que podríamos denominar “Instrucciones para la vida”. El
maestro del joven Merikare dice a su alumno acerca de la
magia:
“Los dioses han creado la magia para los
hombres, para que la utilicen como arma contra las
adversidades”.
(Papiro Leningrando, 111, 6A 139-40. (c.1560
a.C.) (Lichteim, 1975: 106).
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En
ocasiones la magia se personificaba en un concepto divino,
el dios llamado Heka o Hekau, que encarnaba el poder
mágico del sol y era considerado como uno de los catorce
kas de gran astro, y denominado “Gran ka de Ra”.
La grafía del teónimo Heka, conocida desde el Reino Antiguo,
iba acompañada por el determinativo de divinidad masculina (Gardiner,
1982: 446, A40) y su iconografía, constatada ya en el
reinado de Sahure, segundo soberano de la V dinastía
(2492-2345 a.C.; Borchardt, 1913: Tav. 20), se corresponde
con una figura humana masculina de hombre o de niño, erguida
y tocada por un estandarte adornado con una rana; también se
conocen imágenes del dios con forma de rana o serpiente (Castel,
2001: 153).
En el antiguo Egipto recurrir a la magia significaba
invocar la asistencia de los dioses contra cualquier
adversidad; practicar la magia suponía, en opinión
de F. Lexa (1925 I: 17), desarrollar cierta
actividad encaminada a producir un efecto cuya
conexión con la acción no podía explicarse
subjetivamente por la ley de la casualidad.
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HEKA |
Heka, la personificación de la magia y el
ente divino homónimo, no era otra cosa que la fuerza
creativa, la energía que estaba en la base de todo acto de
creación. Según la mitología Heliopolitana Heka, fuerza
creativa, magia y dios, había sido creado por el dios
primordial o demiurgo en el proceso mismo de la creación (Te
Velde, 1969-70: 171-186); Heka era una de las fuerzas
utilizadas por el creador para hacer posible la conformación
del Universo. Todo acto de magia constituía, por tanto, una
continuación del mismo proceso creador (Pinch, 1994: 9-10).
En el
pensamiento egipcio existía Heka como dios independiente
pero, además, todos los otros dioses tenían su “heka”, su
propio carácter mágico; dicha prerrogativa formaba parte de
ellos, como su cuerpo o su nombre.
2.-
LOS MAGOS EGIPCIOS: HOMBRES PODEROSOS DE PALABRA.
Junto
a la magia oficial, cuyos testimonios aparecen escritos,
probablemente existió en el antiguo Egipto una magia popular
que ha dejado una huella muy escasa. Esta magia se llevaría
a cabo en las aldeas y sus ejecutores serían miembros de
familias acreditadas en dicho menester (Pinch, 1994: 60). Es
algo que todavía existe en algunos ambientes del Egipto
actual, al menos en el ámbito rural.
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La
ejecución de la magia oficial, de la que tenemos mayor
información, se basaba en buena medida en la lectura y
aplicación de fórmulas recogidas en “libros” (Cerny, 1952).
Las fuentes egipcias siempre hacen remontar la procedencia
de aquellos escritos al pasado más lejano y la autoría de
los mismos suele recaer en Thot, dios presente en el panteón
egipcio desde época muy temprana, al menos desde el Periodo
Tinita (dinastías I-II, c. 3100-2682 a.C.),
considerado el inventor de la escritura, muy relacionada con
la magia, pero también del calendario

El dios Thot, templo de Abydos. Foto ©Fundación Sophia |
y de
todo lo relacionado con las artes, las ciencias y la
intelectualidad. Su templo principal estuvo ubicado en el
Medio Egipto, en la localidad de Jmun, “la ciudad de la
Ogdoada o de los ochos dioses” llamada en época griega
Hermópolis Magna por la identificación de Thot, su
divinidad principal, con el dios griego Hermes al que
aplicaron el calificativo “Trismegisto”, “tres veces
grandes”, probablemente derivado de la traducción de un
epíteto egipcio que significaba “siempre grande” (Daumas,
1982: 66). El templo de Thot en Hermópolis Magna contó con
una biblioteca que fue famosa en la Antigüedad por la
importante recopilación que ella había de escritos de
carácter hermético y místico (Baines, Malek, 1986: 126-127).
Un
relato literario, la bellísima historia del príncipe
Naneferkaptah, un lector empedernido y su esposa Ihuret,
narrado en el cuento de Setne Jamuas I (Papiro Cairo 30646;
Lichteim, 1980: 125-133), advierte que poseer alguno de
aquellos libros, ocultos en lugares recónditos y de acceso
muy peligroso, y conocer su lectura, algo que no estaba al
alcance de cualquiera, era suficiente para acceder al poder
de la magia. Pero la práctica de aquel conocimiento -que
rayaba el límite de lo que estaba permitido a los humanos-
adquirido de forma ilícita conllevaba el consiguiente
castigo de los dioses, celosos del poder que confería la
sabiduría. Así lo comprobaron en su historia Naneferakaptah,
su desdichada familia y Setne Jamuas, que osó arrebatar, a
pesar de las advertencias, el libro de Thot a la momia de
Naneferkaptah. La consecuencia de su osadía fue la terrible
pesadilla de la dama Tabubu, narrada en el mismo papiro (Lichteim,
1980: 133-138).
El
enorme conocimiento que se atribuía al dios Thot conllevó su
reconocimiento como mago y por extensión como uno de los
patronos de aquellos que practicaban la magia. Éstos
recibieron en el antiguo Egipto diversas denominaciones.
Algunos fueron llamados sau, palabra que suele
traducirse como “mago”; otros eran conocidos como hekay,
“sacerdote del dios Heka” (Faulkner, 1982: 179), hombres
considerados poderosos en sus palabras y en sus obras,
pertenecientes a las llamadas “Casas de la Vida”, centros de
enseñanza vinculados a los templos en donde se formaba a los
escribas y se copiaban textos litúrgicos y mágicos. Eran
lugares destinados a la conservación y la transmisión del
saber en los ámbitos de la religión, el culto, las ciencias
sagradas, la astronomía, la cosmografía, la geografía y la
medicina (Husson; Valbelle, 1998: 332-333). Tanto los sau
como los “sacerdotes del dios Heka” o hekay,
realizaban prodigios de los que hay interesantes relatos en
la literatura egipcia.
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Existía además otro grupo de “magos”, los sacerdotes de
Sejmet, una de las diosas leonas del panteón egipcio
tremendamente poderosa y temida. Era diosa de la guerra con
connotaciones tremendamente sanguinarias cuando se
encolerizaba. Sejmet provocaba, además, epidemias y
dolencias. Sus sacerdotes, considerados magos especializados
en medicina, al conocer bien a la diosa podían poner en
marcha los medios necesarios para apaciguar a la divinidad
consiguiendo con ello que las curaciones fueran efectivas y
los afectados recobraran la salud.
Todos los magos egipcios ejercían “hekau” o
magia, un poder que permitía obtener fines más allá del
alcance de la acción y la expresión propias de los hombres
corrientes. Este concepto formaba parte del pensamiento de
las gentes antiguas del Nilo, de sus sentimientos y de su
actitud social y religiosa. Corresponde sin duda a una
manifestación conceptual que resulta distante y extraña
desde el enfoque de nuestra mentalidad racionalista, pero
que hemos de tener presente para comprender de la forma más
completa y correcta el valor de la magia y de los objetos
cargados de dicho poder, los amuletos entre otros, en la
sociedad faraónica.
La diosa Sejmet en el templo de Karnak (Luxor). Foto ©Fundación Sophia
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A
pesar de las diferencias en el enfoque mental entre aquellas
gentes antiguas y nuestro mundo de las ideas, los datos
textuales nos permiten conocer que las nociones egipcias de
“magia” y de “mago” no están demasiado lejos de los
conceptos que nosotros en nuestra cultura occidental
otorgamos a las mismas palabras. Así lo podemos constatar en
las copias de ciertos pasajes bíblicos, como el narrado en
Los Hechos de los Apóstoles 8,9:
“Uno,
por nombre Simón, había practicado la magia en la ciudad
anteriormente y asombrado al pueblo de Samaría diciendo que
él era alguien importante…”
En la
versión copta de dicho texto (Horner, 1922: 164-165) se
emplea para los términos que los especialistas traducen por
“practicar la magia” la cadena semántica “r kir” que
tendría su equivalencia en el griego mageuw (ser
mago, experto en las artes mágicas) y en la expresión latina
fuerat magus (Gallorini, 1994: 8). Esta
constatación y otros ejemplos en los que el término copto
hik, considerado un descendiente léxico del jeroglífico
“heka” ha sido utilizado con el mismo significado, “magia”,
hacen pensar que el concepto egipcio de “heka” y el
occidental de “magia” no están muy distanciados (Ritner,
1993: 14).
Acerca de la sabiduría y la magia en el antiguo Egipto
encontramos otras interesantes referencias bíblicas. Así,
por ejemplo, de nuevo en Los Hechos de los Apóstoles (7, 22)
podemos leer:
Moisés fue educado en todo tipo de sabiduría egipcia y era
poderoso en sus palabras y en sus obras”.
Moisés, que de acuerdo al relato bíblico creció en la casa
del faraón como hijo de una princesa (Hech 7, 21) fue
sin duda educado como correspondía a cualquier niño de la
alta sociedad faraónica. Después de aprender durante la
niñez más temprana con sus tutores en la escuela de palacio
los elementos básicos de la cultura egipcia (Janssen, 1990:
67-90) pasaría, siendo aún un joven, a La Casa de Vida donde
recibiría la cuidada y profunda educación que le permitía
poseer una gran sabiduría y ser poderoso “en sus palabras y
en sus obras”. Esta afirmación ofrecida por el texto bíblico
nos lleva de nuevo a la fuerte relación existente en el
antiguo Egipto en la magia y la palabra, y en la fuerza de
las obras que los hombres sabios son capaces de lograr. Esa
fuerza de la acción, que puede limitarse a un gesto, se
manifiesta en Moisés cuando extendiendo su mano sobre el Mar
Rojo consiguió que las aguas se abrieran dando a su pueblo
la posibilidad de huir de los soldados del faraón:
“Moisés extendió su mano sobre el mar, y Yahveh retiró el
mar mediante un recio viento solano que sopló toda la noche,
dejó al mar seco, y las aguas se hendieron” (Ex 14, 21-22).
El
texto bíblico atribuye la fuerza del gesto de Moisés al dios
de los hebreos, Yahveh, como si éste fuera el principio que
permitía obtener fines más allá del alcance de la acción y
la expresión propias de los hombres corrientes, un concepto
muy similar al de Heka en el ámbito faraónico.
La
similitud de conceptos señalada resulta muy interesante
pues, en definitiva, Moisés, “hombre poderoso en sus
palabras y en sus obras”, actúa como un “mago egipcio” y
mediante su acción consigue un hecho prodigioso gracias a
una fuerza sobrehumana que le asiste en su condición de
mago. Es también interesante conocer que el hecho
extraordinario de abrir las aguas del mar, tiene su
correspondencia en uno de los antiguos relatos de la
literatura egipcia en donde intervienen el poder de la
palabra, la fuerza de la magia y la figura del mago. Nos
referimos al relato del mago egipcio llamado Djadjamenej,
curioso antropónimo que puede traducirse como “cabezaviva”,
nombre que alude sin duda a la sabiduría y capacidad
intelectual del mago en cuestión que es calificado en el
texto como “sacerdote lector”. El género literario al que se
adscribe esta historia de Djadjamenej es el cuento. Se
conoce a través del Papiro Westcar (Berlín 3033, 4,17-6,20),
interesante documento que reúne cinco relatos de carácter
fantástico (Lichteim, 1975: 215-217).
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La
proeza de Djadjamenej consiste en separar las aguas de un
enorme lago al que había caído un pasador de pelo, realizado
en turquesa con forma de pez, de una joven remera que con
otras compañeras paseaban en barca al faraón. La joven,
desolada por la pérdida del adorno, no encontraba consuelo
en las palabras del rey que le prometía una joya que
reemplazara la que se había perdido en el agua. Ella quería
su objeto y no otro que lo sustituyera. Esta situación
rompía la armonía y diversión con los que el rey de Egipto
había conseguido distraerse aquella |
mañana y alejarse de un indolente letargo que había tenido
atrapado su ánimo durante mucho tiempo. El rey recurrió al
mago Djadjamenj que para
salvar la situación hubo de hacer uso de la magia. Así, el
mago, sacerdote lector, pronunció un conjuro sobre la
extensión de agua y al punto ésta quedó solidificada.
Djadjamenej la dobló entonces por el centro del lago, como
si se tratara de una tela, y bajó a pie hasta el fondo seco
donde recogió el pasador de turquesa que “estaba sobre un
guijarro” y se lo entregó a su dueña. Después Djadjamenej
pronunció otra fórmula mágica y todo volvió a su ser
natural.
Este
relato describe un hecho fantástico logrado por la magia que
es muy similar en su manifestación extraordinaria, la
retirada de las aguas hasta poder acceder a pie al fondo que
éstas cubrían, al de la apertura de las aguas en el Mar Rojo
protagonizado por Moisés y el pueblo elegido. La condición
de magos de Djadjamenej y Moisés queda plenamente
atestiguada en los dos relatos, así como la similitud en los
conceptos de magia y de mago que emanan del relato egipcio y
del texto bíblico, y la percepción similar que para ambos
podemos hacer desde el enfoque cultural occidental.
Este
relato del mago Djadjamenej y los otros cuentos narrados en
el Papiro Westcar aluden a fechas muy antiguas; la que hemos
recordado en las líneas precedentes tiene lugar en el primer
reinado de la IV dinastía (c. 2613 a.C.), en el Reino
Antiguo, pero todo el documento se data, por razones
epigráficas y paleográficas, en el Segundo Periodo
Intermedio (1650-1550 a.C.) si bien las narraciones parecen
pertenecer a la XII dinastía, en el Reino Medio (1985-1795
a.C.; Simpson, 2003: 13). Son fechas muy anteriores a la
compilación del texto bíblico (Sagrada Biblia, 1975: 1); más
antiguas incluso que la tradición del Éxodo hebreo, episodio
para el que los especialistas, si acaso han creído en su
historicidad, no han podido establecer una datación concreta
(García Iglesias, 1988). Todas las propuestas cronológicas
sugieren fechas posteriores al Segundo Período Intermedio,
pues establecen la masiva emigración o bien en los inicios
de la XVIII dinastía coincidiendo con la expulsión de los
hicsos (c. 1550 a.C.), hipótesis que ofrece las
fechas más próximas entre el Papiro Westcar y el Éxodo
bíblico y que conlleva identificar a los asiáticos
expulsados de las tierras del Nilo con el colectivo hebreo
o, cuando menos, incluir a éste en un colectivo mayor, el de
los hiscsos. Otras fechas propuestas son la que corresponde
al final del Periodo de Amarna y del reinado de Amenhotep IV
(Ajenatón), en un momento avanzado de la XVIII dinastía (c.
1336 a.C.), o bien en época ramésida, durante los
reinados de Ramsés II o de su hijo Merenptah (c.
1279-1203 a.C.). Cualquiera de estas opciones, todas
posteriores a la fecha establecida para el relato egipcio,
parecen sugerir que el texto bíblico encuentra en la magia
de Djadjamenej la inspiración para la prodigiosa apertura de
las aguas del Mar Rojo, realizada por Moisés. Ambos,
Djadjamenej y Moisés, de acuerdo a las tradiciones
literarias egipcia y bíblica, eran sin duda magos egipcios,
formados en la sabiduría de la antigua civilización de los
faraones en la que su condición de “magos” no dista en
exceso del concepto de “mago” propio de nuestra cultura
occidental; pensemos, por ejemplo en el Mago Merlín.
Además de los sacerdotes y hombres sabios formados en la
sabiduría de la Casa de la Vida existieron en el antiguo
Egipto, según relata su literatura fantástica, hombres
extraordinarios entre los más sencillos, los llamados
nedjes “pequeños”, lo que en la lengua egipcia
quería decir una persona del común, del paisanaje, un
“plebeyo” o un “vecino” (Faulkner, 1981: 145). Aquellos
hombres extraordinarios a pesar de su extracción social,
también gozaban de la condición de magos. Eran dueños de
grandes conocimientos y poderes y al igual que los
sacerdotes que practicaban la magia realizaban prodigios
fabulosos gracias a una fuerza sobrehumana que les asistía y
les hacía parecer diferentes a los de su entorno social.
Otro de los relatos del Papiro Westcar (Papiro Berlín 3033,
7-9,20) nos narra la singularidad de uno de estos hombres
llamado Djedi que había alcanzado los ciento diez años. Era
muy sabio, pues conocía el número exacto de las cámaras
secretas del santuario de Thot o, al menos, dónde se
localizaba el santuario del dios de la sabiduría y la magia,
y contaba con un buen número de textos escritos entre sus
pertenencias. Djedi comía a diario quinientos panes y medio
buey y bebía cien jarras de cerveza, características que le
hacían singular entre los suyos. Con su magia, ejecutada
mediante el poder de su palabra, era capaz de volver a la
vida cualquier animal decapitado volviendo a pegar la cabeza
cercenada al cuello y se cuidaba de no practicar estas artes
mágicas con los hombres, aunque el mismo rey Keops, el
constructor de la gran pirámide, se lo pidiera, pues los
dioses no permitían hacer tales cosas con los seres humanos.
3.-
LOS ESCRITOS MÁGICOS Y EL DIOS DE LA MAGIA.
En la
práctica de la magia egipcia es muy destacado el poder de la
palabra, utilizada para recitar o leer las fórmulas mágicas.
Esta intensa conexión entre la magia y la palabra resulta
evidente ya en el hecho de que el dios patrono de los
escribas, de los magos y de la ejecución de la magia fuera
Thot, considerado en los textos “excelente en magia” además
de “señor de los jeroglíficos”, escritura que era entendida
a su vez como “las palabras del dios”.

El dios Thot, templo de Karnak, Luxor. Foto ©Fundación Sophia

El dios Ptha. Réplica de un original de la tumba de tutankhamon. Foto
©Fundación Sophia
Pero
hay otro dato de sumo interés que manifiesta la fuerte
relación existente entre magia y palabra en el antiguo
Egipto. Y es que, de acuerdo a las creencias egipcias la
magia y la palabra habían protagonizado el nacimiento del
Universo. Así queda explicado en el texto conocido como
Teología Menfita, una cosmología en la que se describe el
orden de la creación del mundo cuando fue generado por el
dios Ptah-Ta-Tjenen, concepto que evoca “la tierra emergida”
(H. Frankfort, 1983: 51-52). Ptah concibió en su pensamiento
que, según las concepciones egipcias residía en su corazón,
a los dioses fundamentales del panteón egipcio y éstos
llegaron a existir cuando sus nombres fueron pronunciados
por la lengua del dios (Donadoni, 1970: 171). En el proceso
de creación aparecieron los dioses, uno tras otro, y a
través de ellos Ptah desarrolló el universo visible e
invisible con todas las criaturas vivientes e inertes además
de otros conceptos como la justicia o las artes. En el
momento final de la creación Ptah hizo que los dioses
creados entraran en sus cuerpos es decir, en sus estatuas,
que podían estar realizadas en los distintos materiales
surgidos de la tierra: piedras, metales, maderas, etc.
Esta
fuerza creativa de la palabra explica un fenómeno
interesante manifestado en la escritura egipcia, tanto en
textos de carácter mágico como en otros de contenido más
general, y que podemos denominar “tabú lingüístico”. Dicho
fenómeno, que denota sin duda una actitud mental que deriva
del miedo, consiste en evitar los sustantivos que aluden a
animales peligrosos que son sustituidos por circunloquios
que mencionan las cualidades más características de esos
seres temidos y que permiten no registrar sus nombres en la
escritura (Mayer Modena, 1985: 22). Así, por ejemplo, el
cocodrilo es denominado “el que está en el agua” y la
serpiente “aquella que se arrastra sobre el vientre”. De
esta manera se evitaba que el poder mágico de la palabra,
pronunciada o escrita, permitiera la materialización de
aquellos peligros concretos. Incluso cuando en la grafía de
algunas palabras aparecían signos jeroglíficos que
representaban animales potencialmente peligrosos su imagen
era, en muchas ocasiones, reproducida de forma defectuosa,
discontinua o incompleta, para evitar así que el concepto
representado por la figura, ajeno muchas veces al de la
palabra de la que el signo en cuestión formaba parte,
pudiera resultar nocivo.
La
fuerza creativa de la palabra explica además la importancia
de las fórmulas mágicas, que en Egipto se denominaron “hemet-er”
o “hekau”, y de su lectura o recitación, que debía
ser perfecta. Los magos pronunciarían los conjuros con la
certeza y seguridad que imprimen la sabiduría y el
conocimiento. Pero en Egipto existieron ciertos ritualistas
capaces de realizar la magia mediante la lectura de las
fórmulas mágicas. Estos personajes, ajenos a la condición de
mago, eran los Sacerdotes Lectores que no precisaban
poseer cualidades especiales, sólo aprender a utilizar las
técnicas de la magia: palabras, acciones, instrumentos,
ingredientes, etc.
María José López Grande
Doctora en Prehistoria y Arqueología
(Universidad Autónoma de Madrid) |