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Foto: Nacho Valentia |
Sólo dos veces al año, los 22 de febrero y
octubre, el sol logra atravesar el templo
principal de Abu Simbel para iluminar las
estatuas del faraón Ramses II y los dioses Horus
y Amón-Ra, aunque dejando sabiamente en penumbra
la cara de Ptah, “el señor de la oscuridad”.
Los cuatro colosos guardianes de más de 20
metros que representan a Ramsés II en posición
sedente portan la doble corona del Alto y el
Bajo Egipto.
Excavados en la roca en honor a Ramsés II y su
esposa favorita, Nefertari, los templos de Abu
Simbel, en pleno desierto nubio, son la guinda
de todo recorrido por el país de los faraones.
La construcción de la Gran Presa de Asuán en los
60, imprescindible para domar las crecidas del
Nilo que arruinaban las cosechas, hizo que el
gobierno egipcio y la Unesco se movilizaran para
que los templos de la antigua Nubia no
desaparecieran bajo las aguas del lago Nasser,
formado artificialmente a raíz de la edificación
del descomunal embalse. Cuarenta misiones de
técnicos llegados de los cinco continentes
trabajaron durante dos décadas para desmontar
pieza a pieza más de una veintena de monumentos
y complejos arquitectónicos y, como si se
tratara de un rompecabezas, volver a armarlos en
una ubicación segura para no privarle a la
Humanidad de esta suculenta tajada del legado
faraónico.
Uno de aquellos monumentos rescatados por la
Unesco, el más espectacular al sur de Asuán, fue
el Gran Templo de Abu Simbel, en el mismo
recinto en el que se alza su “hermano pequeño”,
el dedicado a Nefertari y al dios Hathor.
Ramsés II, el más prolífico y uno de los más
poderosos faraones de todos los tiempos, es el
protagonista absoluto del templo principal,
precedido por una terraza donde se alzan los
cuatro colosos guardianes de más de 20 metros
que le representan en posición sedente portando
la doble corona del Alto y el Bajo Egipto y con
–¡cosas de las jerarquías!– muchas esculturas
menores de familiares suyos representados a sus
pies.
Ya en el interior del templo, esculpido por
completo dentro de la montaña, aparece una gran
sala de columnas y un laberinto de pasadizos y
cámaras decoradas con pinturas, relieves de
escenas bélicas que narran las victorias de
Ramsés II y nuevas figuras colosales del faraón
y los dioses. Muy al fondo de la segunda sala
hipóstila se llega al sancta sanctorum del
templo, donde se alzan en la oscuridad la propia
estatua del faraón junto a los tres dioses clave
del panteón egipcio de la época: Horus, Amón-Ra
y Ptah.
Sólo dos veces al año, el 22 de febrero y el 22
de octubre, los primeros rayos del sol logran
penetrar por la entrada del templo y,
atravesando sus más de sesenta metros de
profundidad, iluminan durante una veintena de
minutos todas estas esculturas de lo más
recóndito de su interior excepto la de Ptah, el
dios asociado a la oscuridad. Gracias a sus
conocimientos astronómicos, los arquitectos del
Gran Templo de Abu Simbel lograron esta
espectacular conjunción con el astro rey que,
según algunas teorías, coincidiría con las
fechas del nacimiento y la subida al trono del
faraón.
Tras la operación de rescate de los monumentos
de la Antigua Nubia que orquestó la Unesco se
consiguió que no se perdiera el fenómeno solar a
pesar de que el templo se encuentra unos 200
metros más atrás y unos 60 por encima de su
emplazamiento primitivo. Únicamente varió en
que, tras el desplazamiento, el ‘milagro’ tiene
lugar dos días después de la fecha original.
El año pasado hasta 2.000 visitantes llegaron a
concentrarse para admirar el fenómeno, y muchos
más disfrutaron de los espectáculos folclóricos
que se organizan en sus inmediaciones cada vez
que sucede este insólito fenómeno. Desde luego
es una ocasión única, aunque no apta para
claustrofóbicas.
Algunas pistas
Viajes a Egipto, con los vuelos desde Madrid o
Barcelona, tres noches de hotel en El Cairo y
crucero por el Nilo de cuatro días en pensión
completa, con todas las visitas, incluida la
excursión por carretera a Abu Simbel, a partir
de 960 € con Viamed y en agencias de viajes). O
un recorrido similar pero en hoteles superiores
y con la visita a Abu Simbel en avión, a partir
de 1.452 € a través de Viva Tours y en cualquier
agencia.
Muchas agencias no incluyen la excursión hasta
Abu Simbel en sus programas y muchos también,
llegados hasta tan lejos, se pierden el último
gran tesoro que aguarda Nilo abajo. A pesar del
precio disparatado de llegar a Abu Simbel en
avión o la paliza de cuatro horas por trayecto
que supone hacerlo por carretera –obligando a
salir de Asuán a las 3 o 4 de la madrugada–,
sería un pecado perdérselo.
Para evitar en lo posible las aglomeraciones
convendría dormir en las inmediaciones de Abu
Simbel la noche anterior a la visita de los
templos, de forma que se pueda estar en ellos a
primera hora. Como actualmente es obligatorio
viajar desde Asuán hasta allí en un convoy
custodiado por la policía, todos los autobuses
llegan a la misma hora y las aglomeraciones, de
órdago, le restan encanto a estos maravillosos
templos. |